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Fui a esconderme del estrés a un Puerto

El fin de semana pasado decidí dejar la Ciudad de México para deshacerme del estrés producto del trabajo, el tráfico y, en ocasiones, la familia. Así que me fui a visitar las paradisíacas playas de Puerto Escondido, un lugar no tan escondido pues es muy visitado por los turistas. Pero al ser temporada baja, no había mucha gente rondando las playas y pude disfrutar de mí y del lugar.

Algunas de sus playas me encantaron, pues tienen una arena muy fina y blanca, que al contacto con mi piel se sentía como una caricia, por lo que no desaproveché para tirarme en aquel cálido lugar para leer un buen libro y sentir el tacto de la arena con mi espalda, incluso sentí que era más cómoda la arena que mi propia cama. Después de pasar algunas páginas me quedé profundamente dormido, descansé como pocas veces lo había hecho.

Por otra parte, el agua era cristalina en algunos lugares, podía ver lo que había debajo del mar. Peces de colores, unos grandes y otros más pequeños, piedras de formas extrañas, más arena clara, era lo que podía ver y sentir cuando me adentraba en las profundidades. El estrés de la ciudad se diluía como la arena en el mar, pero la tristeza me embargaba al pensar que cada vez restaba menos para regresar a mi realidad y despedirme de aquel hermoso lugar. Pero antes de irme tenía cosas que hacer como ligarme a alguna turista perdida en el tiempo o, de perdida, alguna lugareña de buen ver. También tenía que lanzarme de algún lugar extremo y caer en el mar, para gritar todo lo que no le había dicho a quienes se lo merecían.

Y así lo hice, me lancé de un risco hacía el mar, aunque en esa playa no estaba tan cristalina el agua, y pude conquistar a una turista que venía de Canadá. Así llegué al final de unas cortas pero muy relajantes vacaciones.

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