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    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    hola buen dia.. deberian regresar al padre armin a tizimin el que esta la verdad que .. sincomentarios solo preguntenle a la gente y en paticular a los que cada año venden velas y trabajan para la iglesia saludos


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    Inicio » 2010 » Marzo » 31 » HOMILIA EN LA MISA DE LA BENDICION DE LOS ÓLEOS
    HOMILIA EN LA MISA DE LA BENDICION DE LOS ÓLEOS
    11:17 AM
    HOMILIA EN LA MISA DE LA
    BENDICION DE LOS ÓLEOS
    Miércoles Santo – Catedral Metropolitana


    Excmo. Sr. Obispo Auxiliar
    Mons. José Rafael Palma Capetillo:

    M.I. Vicario General
    Mons. Joaquín Vázquez Ávila:

    M. I. Miembros del Cabildo Catedralicio:

    Estimados Padres Decanos:

    Muy queridos hermanos sacerdotes:

    Miembros de la Vida Consagrada:

    Hermanos todos en Cristo Sacerdote:

    Llenos de júbilo y muy agradecidos a Dios por todas las bendiciones que ha querido derramar sobre nosotros y sobre el pueblo de Dios durante todo este tiempo transcurrido del "Año Sacerdotal”, llegamos a este día tan memorable en que juntos, antes de celebrar la liturgia de la Cena del Señor y darle gracias por la institución del Sacerdocio, nos congregamos en este templo mayor para renovar nuestras promesas sacerdotales y bendecir los Óleos que hemos de usar en nuestras comunidades.

    Hemos peregrinado, aunque breve, desde el templo de Nuestra Señora de la Consolación hasta esta insigne Catedral Metropolitana, conscientes de nuestro testimonio público en homenaje a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y muy agradecidos por el inapreciable don del sacerdocio, del que inmerecidamente nos ha hecho partícipes.

    El pasado 18 de febrero, hablando con los párrocos de Roma, el Papa señaló que "Cristo es el verdadero Rey, el Hijo de Dios, pero también el verdadero sacerdote y así todo el mundo cultual, toda la realidad de los sacrificios, del verdadero sacrificio, encuentra en Cristo su clave y su cumplimiento".

    Por tanto, dijo el Papa, el sacerdocio "aparece en toda su pureza y en su verdad profunda": ser mediador, puente que une y conducir, así, al hombre hacia Dios, hacia su redención, a su verdadera luz y a su verdadera vida".

    Si un sacerdote es un puente que pone en comunión a la humanidad con la divinidad, su alma debe nutrirse con la oración cotidiana y constante y con la Eucaristía. Porque "sólo Dios puede entrar en nuestra vida y tomarnos de la mano. Siempre debemos volver al sacramento, volver a este don en el que Dios nos da cuanto nosotros nunca le podríamos dar. Un sacerdote debe ser realmente un hombre de Dios. Debe conocer a Dios de cerca y lo conoce en comunión con Cristo. ¡Debemos vivir cada día esta comunión!".

    El Papa Benedicto hizo hincapié en que esta elección de vida requiere que el sacerdote sea un hombre que desarrolle sentimientos y afectos según la voluntad de Dios. Una conversión nada simple, si se considera la engañosa indulgencia que reside en la mentalidad actual.

    "Así, se suele decir: ha mentido, es humano. Ha robado, es humano. Pero esto no es realmente humano. Humano es ser generoso. Humano es ser bueno. Humano es ser un hombre de justicia, y por tanto, saliendo, con la ayuda de Cristo, de esta oscuridad que encubre nuestra naturaleza, empieza un proceso de vida que debe comenzar en la educación al sacerdocio y que debe realizarse y proseguir en toda nuestra vida".

    El Santo Padre dijo que un sacerdote, que ante todo es un hombre totalmente realizado, tiene un corazón volcado en la compasión. El pecado no es el signo de la "solidaridad" hacia la debilidad humana, sino la capacidad de compartir su peso para redimirlo y purificarlo, con la misma capacidad de conmoverse de Jesús durante su vida y que le permitió llevar su grito de compasión "hasta los oídos de Dios".

    "Nosotros los sacerdotes, no podemos retirarnos al exilio, sino que estamos inmersos en la pasión de este mundo y con la ayuda de Cristo y en comunión con Cristo debemos intentar transformarlo y llevarlo hacia Dios".

    Llenos de esperanza en este Año Jubilar
    San Juan María Vianney, "ejerció de forma heroica y fecunda el ministerio de la reconciliación. Del Santo Cura de Ars, nosotros, sacerdotes, podemos aprender no solamente una confianza inagotable en el Sacramento de la Penitencia que nos lleve a volverlo a colocar en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él debe tener lugar".
     
      "La conciencia de las limitaciones propias y la necesidad de recurrir a la Misericordia Divina para pedir perdón, para convertir el corazón y ser sostenidos en el camino de la santidad son fundamentales en la vida del sacerdote: solo los que han experimentado en primera persona su grandeza pueden anunciar con convicción y administrar la Misericordia de Dios".
     
      El contexto cultural actual, "caracterizado por la mentalidad hedonista y relativista, que tiende a cancelar a Dios del horizonte de la vida, no favorece la visión de un claro marco de valores de referencia y no ayuda a discernir el bien del mal, ni a madurar el justo sentido del pecado", no es tan diferente del que vivió San Juan María Vianney, en cuya época "existía una mentalidad hostil a la fe, expresada por fuerzas que intentaban incluso impedir el ejercicio del ministerio".
     
      "En esas circunstancias, el Santo Cura de Ars hizo de la "iglesia su casa", para llevar los seres humanos hacia Dios,  presentándose a sus contemporáneos como un signo totalmente evidente de la presencia de Dios que tantos penitentes se sintieron llevados a acercarse a su confesionario". Por eso, explicó recientemente el Papa Benedicto, es necesario que "los presbíteros vivan con espíritu elevado su respuesta a la vocación, porque sólo los que cada día son presencia viva y clara del Señor pueden suscitar en los fieles el sentido del pecado, dar valor y hacer que nazca el deseo del perdón de Dios".
     
      La "crisis" del Sacramento de la Penitencia, de la que se habla tanto, interpela ante todo a los sacerdotes y a su gran responsabilidad de educar al Pueblo de Dios en las exigencias radicales del Evangelio.

    El carisma de la profecía
    Ahora bien, es particularmente importante que la llamada a participar en el único sacerdocio de Cristo en el ministerio ordenado florezca en el "carisma de la profecía": hay una gran necesidad de sacerdotes que hablen de Dios al mundo y que presenten a Dios al mundo; hombres no sujetos a modas culturales efímeras, sino capaces de vivir auténticamente aquella libertad que solo la certeza de la pertenencia a Dios es capaz de donar. Hoy la profecía más necesaria es la de la fidelidad, que lleve a vivir el propio sacerdocio en total adhesión a Cristo y a la Iglesia.
     
    Por eso, el presbítero debe estar atento para no dejarse arrastrar por la mentalidad dominante, que tiende a asociar el valor del ministro a su función y no a su ser. De este modo, el horizonte de la pertenencia ontológica a Dios es el justo marco para comprender y reafirmar, también hoy, el valor del celibato sacerdotal como expresión del don de sí a Dios y a los demás.
     
      "La vocación del sacerdote es muy grande y es siempre un gran misterio. Nuestros límites y nuestras debilidades deben impulsarnos a vivir y a custodiar con profunda fe este don precioso, con el que Cristo nos ha configurado a sí, haciéndonos partícipes de su misión salvífica. De hecho, la comprensión del sacerdocio ministerial está unida a la fe y exige, cada vez con mayor fuerza, una continuidad total entre la formación en el seminario y la formación permanente".
     
      El Santo Padre aseguró que "los hombres y mujeres de nuestro tiempo nos piden únicamente que seamos sacerdotes cien por cien y nada más. Los fieles laicos encontrarán en tantas otras personas lo que humanamente necesitan, pero sólo en el sacerdote podrán hallar aquella Palabra de Dios que debe estar siempre en sus labios: la misericordia del Padre, abundante y de modo gratuito que se transmite por medio del sacramento de la Reconciliación".

    Conclusión
    En estos días pascuales reviviremos el Misterio de nuestra Redención; haremos gestos y pronunciaremos palabras, que verdaderamente se colocan en el corazón de nuestra existencia sacerdotal. El Viernes Santo volveremos a vivir el gesto humilde y profético de la postración, idéntico a aquel que hicimos el día de nuestra Ordenación; se nos brindará la ocasión de acoger, en el Santo Triduo, los dones renovados de la gracia, mendigando a la Divina Providencia para poder ser portadores de frutos abundantes para nosotros y para la Salvación del mundo.

        Como nos recuerda la fórmula de la unción crismal, estamos investidos de la misma potencia de Cristo, de aquella potestad con la que el Padre ha consagrado a su único Hijo en el Espíritu Santo y que nos ha sido entregada, con el fin específico de santificar a su Pueblo y ofrecer el Sacrificio Eucarístico.

        En conciencia con la desproporción absoluta entre la grandeza del Misterio y la pequeñez humana, el rito de nuestra Ordenación afirma: "Date cuenta de aquello que harás”. Nunca nos daremos perfecta cuenta del gran Misterio que tenemos en nuestras manos, pero sin embargo estamos llamados hacia una continua tensión de perfección moral para vivir "el Misterio que tenemos entre manos” y ser "imitadores de Cristo”.

        Esta es la extraordinaria e irreducible novedad cotidiana del Sacerdocio: el Misterio se ha puesto entre nuestras manos. El Señor del tiempo y de la historia, el que ha hecho todas las cosas, de quien venimos y hacia quien vamos, el Autor de la vida, hace que algunas pobres creaturas suyas, participen de la propia potestad salvadora, entregándose totalmente -como inerme Cordero inmolado- en nuestras manos. ¡Que esta entrega no llegue a ser nunca una traición! Mantengamos firme la conciencia del "si” dado el día de nuestra Ordenación. Un "si” que se da cuenta de las propias limitaciones, pero no imposibilitado por ellas; un "si” libre de todo compromiso de inferioridad; un "si” consciente en la historia, pero nunca con el temor delante de ella; un "si” que desde aquel pronunciado por la Bienaventurada Virgen María en la casa de Nazaret, ha atravesado los siglos llegando a ser actual en los Santos y en el hoy de nuestra existencia.

        Que María Santísima, Nuestra Señora de Izamal, nos conceda siempre oídos y corazón de discípulos misioneros, siempre fieles al amor de Jesús.
    Mérida, Yuc., 31 de marzo de 2010


    † Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
    IV Arzobispo de Yucatán


    Categoría: Homilía | Visiones: 97 | Ha añadido: nancyalejos | Ranking: 0.0/0 |
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