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    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    hola buen dia.. deberian regresar al padre armin a tizimin el que esta la verdad que .. sincomentarios solo preguntenle a la gente y en paticular a los que cada año venden velas y trabajan para la iglesia saludos


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    Inicio » 2011 » Septiembre » 12 » Homilía XXIV Domingo Ordinario
    Homilía XXIV Domingo Ordinario
    8:54 AM
    Homilía
    XXIV Domingo Ordinario

    Ecco 27, 33-28, 9; Sal 102; Rm 14, 7-9; S. Mt 18, 21-35


    "Que sepamos perdonar, los que hemos sido perdonados”
    (San Agustín)



    I.- Ecco 27, 33 – 28, 9.

    Sabemos que este libro recoge un conjunto de sentencias de sabiduría sobre varios argumentos.

    El presente texto trata del perdón.

    Lo que constituye una superación de la "Ley de Talión”. Va en contra del deseo de venganza, e inculca la misericordia y el perdón anticipando de esta manera la enseñanza de Jesucristo.

    El perdón de la ofensa, obtiene de parte del ofendido y que ha perdonado, el perdón de Dios, con quien todos nos sentimos deudores.

    El saber perdonar es una realidad tan alta que nos asemeja  Dios, quien nos enseña a odiar el pecado y amar al pecador.

    Quien sabe perdonar, imita la grande misericordia de Dios. Las palabras últimas del texto, son una reflexión sobre la caducidad del ser humano, que cuando se es consciente de ello, serenan los rencores y se debilita el odio.

    Siempre será una ayuda para evitar el pecado, ser conscientes de la debilidad humana, la fragilidad y el destino final.


    El rencor hacia el hermano, es como una pantalla que se interpone e interrumpe el diálogo con Dios. El que no tiene misericordia para sus semejantes ¿Cómo osa pedir perdón por sus pecados?

    Que bien dice el Salmo 102: "El Señor no nos condena para siempre, ni nos guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados”.

    II.- Rm 14, 7-9

    Esta lectura profundiza cristológicamente lo dicho en el Eclesiástico.

    Cuando se dice: "ninguno de nosotros vive para sí mismo”, significa:
    Ninguno debe su existencia a sí mismo, sino a Dios.
    Pero aún con más profundidad debe la vida a aquel que ha expiado por su culpa y del cual permanece como deudor.

    No significa que sea esclavo de un conocido amigo, al contrario: el Rey da libertad al siervo, al que le condena la culpa.

    Si queremos vivir con y como Cristo, debemos imitar a Cristo que llevó su amor hasta el final (Jn 13,1). Deberse al amor, significa: deber amar, poder amar y amar. Esto es para la persona la suprema libertad.

    La pertenencia a Cristo es aceptar y asumir la Redención que nos libera, sustrae, y aleja del estado del pecado que nos aliena. La pertenencia a Cristo debe ser un valor por encima de todos los demás, así el Señor podrá ejercer su influjo total sobre los creyentes y su influjo salvífico eficaz.

    Con esta lectura terminamos la carta a los Romanos, la más espectacular de las Cartas Paulinas.



    III.- Mt 8, 21-35

    La dimensión teológica del perdón está presente en esta pedagógica parábola, en el centro de la "Regla de la comunidad” basada en la corrección fraterna y el perdón.

    La radicalidad de Jesús no tolera precisiones legalistas sino que hace un llamado a una opción fundamental en la clave de lectura, en este tema de la moral social cristiana ya algunos textos bíblicos hablaban del perdón hasta por tres veces, (Gn 50, 17; Am 2, 4; Job 32,29), ya Pedro le pareció un acto de valor extenderlo a siete veces; pero en cambio Jesús superando el terrible canto de violencia pronunciado por Lamek (Gn 4, 24), exige el perdón ilimitado, expresado en la cifra enorme y simbólica de 70 veces siete.

    A ello quiso añadir la parábola demostrativa, organizando en tres escenas a dos protagonistas:

    siervo y patrón (v. 23.2)
    siervo  otro siervo (v. 28-3)

    Con la aplicación explícita de Jesús al final.

    El contraste se establece en que la deuda del siervo  primero es enorme, pero al patrón le basta un gesto de buena voluntad y el perdón es inmediato; en cambio el siervo tiene por parte de un consiervo una deuda pequeña a su favor, y su exigencia hacia aquel no conoce:  ni espera, ni tolerancia.  Dios en su infinita misericordia, supera la súplica, condonando todo; en cambio aquel hombre devela su mezquindad, revelándose como un tirano ofendido, y tratando con crueldad a su compañero por una deuda insignificante.

    Por ello el discípulo de Cristo debe estar siempre disponible y gozoso de otorgar el perdón reconociendo que él primero fue perdonado de sus pecados: "los que hemos sido perdonados, debemos de perdonar” dice san Agustín.

    Confiar en la misericordia de Dios, es calificado por el mismo san Agustín: "¡Grande sabiduría, es esta confianza!”.
    ("magna scientia, ista confidentia” –Discursos 165; 7,9).

    La parábola ilustra muy bien el paso de una concepción cuantitativa a una cualitativa del perdón.

    El estilo de Jesús que acoge y rehabilita generosamente a los pecadores, pone en crisis a los judíos que apelan a la Ley para establecer así las barreras entre justos y pecadores. San Mateo también llama la atención (Mt 18, 35) refiriéndose al juicio final, que será de condena para quien no ha sabido perdonar con generosidad.

    Bien lo expresa san Agustín:
    "San Juan, a quien Cristo tenía predilección... dice:
    "Si decimos: «no tenemos pecado», nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1,8).

    Se une a la culpa, para ser unido también al perdón. Y añade:
    "Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él, para perdonarnos los pecados, y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1,9).

    Como nos purificará ¿acaso ignorando nuestras faltas, no encontrando que castigar?; o más bien encontrando sí que perdonar”. (Sermón 114, 2-5).

    Emannuelle Mounier decía: "Hay que tener el valor de arriesgar en la confianza en Dios y en la persona, más allá de toda desilusión”.


    IV. - Conclusiones:

    Que verdadera resulta la frase de Julien Greene : "Vivimos juntos, pero morimos solos”.
    Y otra popular: "Somos peregrinos, pasajeros que tenemos todo de
    prestado”.

    La triple dimensión de la misericordia comporta:
    Pedir perdón  +  Perdonarse a sí mismo  +  Conceder el perdón.

    "El que no sabe perdonar, se bebe su rencor cada día”.

    La invitación es a un perdón gozoso, ilimitado y generoso.

    La invitación es a romper la lógica de la venganza, la invitación es a la condena del odio, la prisión del rencor y de la ira.

    La invitación es a darnos la paz en la Liturgia Eucarística como signo de perdón y reconciliación.

    Decía san Cirilo de Jerusalén: "El beso – de la paz – une las almas entre ellas, acalla y silencia todo resentimiento. (Catequesis mistagógicas 5, 3).

    "Con la medida que midan, serán medidos” (S. Lc 6,38).
    "Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia, pero los que han sido misericordiosos saldrán victoriosos en la hora del juicio” (Sant 2, 13).

    El cristianismo nos invita al amor, la compasión, la misericordia y el perdón”. Si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también a ustedes les perdonará vuestro Padre celestial (Mt 6,14).

    Recomienda san Pablo:
    "Revístanse de entrañas de misericordia, bondad, mansedumbre, humildad, paciencia, soportándose unos a otros, y perdonándose mutuamente” (1Cor 3, 13).

    Confiemos en el amor y la misericordia de Dios. (S. Mt 5,7) y reflejémosla en el perdón.

    Sólo se logrará el sincero perdón, bajo la acción del Espíritu y en el marco de la oración. Amén.


    Mérida, Yuc., 11 de septiembre de 2011.



    + Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
    Arzobispo de Yucatán



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