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    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    hola buen dia.. deberian regresar al padre armin a tizimin el que esta la verdad que .. sincomentarios solo preguntenle a la gente y en paticular a los que cada año venden velas y trabajan para la iglesia saludos


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    Homilía XXIV Domingo Ordinario (13 DE SEPTIEMBRE)
    [ Descargar desde el servidor (57.1Kb) ] 12.Sep.2009, 1:03 PM

    Homilía

    XXIV Domingo Ordinario

    Is 50, 5-9; Sal 114; Sant 2,14-18; S.Mc 8,27-35

     

    “Cristo en la Cruz, faro de luz”

     

    I.-Introducción

     

    También la pregunta de Jesús suscitaría diversidad de reacciones en el mundo contemporáneo: ¿”Quién dice la gente que soy yo?”.

     

    Así se ha interpretado a lo largo de los siglos, un hombre que tiene una palabra para todos, un luchador a favor de la justicia, un portador de la paz, uno que promueve la solidaridad y fraternidad; fundador de una nueva religión.

     

    La realidad es que la característica de Jesús es la Cruz. Aún para Pedro que quiere tanto a Jesús, que recibe el don del Espíritu de identificarlo, le cuesta trabajo comprender que para realizar la misión de redención encomendada, pase a través de la cruz.

     

    II.- La Cruz como fuente de salvación

     

    La cruz es la salvación de la humanidad. Se identifica con el sufrimiento sangre, sacrificio. Para los cristianos de ahora significa suplicio, martirio, muerte, y por ello se margina, esquiva o rechaza.

     

    Para la Iglesia primitiva era el lugar de la gloriosa manifestación de Dios: “en cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo” (Gal 6,14).

     

    El insiste que el anuncio del Evangelio: “Es predicar a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, más para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor 1,23).

     

    Jesús que fue tan discreto en aceptar reacciones por sus manifestaciones, acepta moribundo la confesión del centurión romano: “Este hombre verdaderamente era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

     

    Cuantas veces lo que hace sufrir no son tanto las contradicciones y dificultades que todos debemos a diario afrontar, sino la soledad, la sordera para con Dios y los hermanos, la suficiencia de nuestras capacidades, soberbia del poder y la riqueza.

     

    La Cruz en cambio nos vincula a la realidad, nos clava en la aceptación de uno mismo y de sus circunstancias significa morir a la soberbia, al orgullo, a la vanidad, al egoísmo, en una palabra a todo aquello que empaña la relación con Dios, y fractura la relación de servicio y solidaridad fraterna con los demás.

     

    “El que quiera salvar su vida, la perderá;

    pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”

    (Mc 8,35).

     

    III.- “Morir para vivir”

     

    El encuentro con Dios, trae consigo una exigencia de dejar, abandonar, perder; para recuperarlo todo diversamente. Como la exigencia de fe a Abraham: “Vete de tu tierra y de tu patria…” (Gn 12, 1) “…y sacrifícame a tu hijo”. (Gn 22, 2).

     

    Dios quiere que no tengamos miedo en sacrificar las cosas, en perderlas, en volverlas oblación y ofrenda las personas, los bienes, para recuperarlas en una óptica, y actitud diversas.

     

    La Cruz me lleva a sacrificarlas, a vaciarme de mí mismo, a quitar de mi corazón ambigüedades y falsedad.

     

    Jesús contrastó con las expectativas e ilusiones falsas acerca de su persona o de su amistad o de su familia. Además se mostraba como Mesías, pero no traía consigo los cambios que se necesitan, y que por esperar a un Mesías como político, los desilusionara.

    Incluso Juan el Bautista pidió clarificación sobre su identidad. Por ellos Jesús afirma: “Y dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,16).

     

    Es en la debilidad de la persona donde se manifiesta el poder de Dios; es en nuestra pobreza, donde se manifiesta la riqueza de Él; es en nuestra incompetencia en donde se manifiesta su poderío; “Si hay que gloriarse, en mi flaqueza me gloriaré”. (2Cor 11.30).

     

    IV.-  La Cruz en la Iglesia

     

    La verdadera fe nos permitirá aceptar la cruz superando el miedo, el escándalo o la debilidad.

     

    En mi realidad humana Dios revela a su Hijo y en mi Cruz, Dios revela su gloria. La Cruz es un lugar sagrado desde donde Dios nos habla.

     

    En la Cruz ha sido destruida la muerte. “Señor, tómame como soy con mis defectos, con mis debilidades, pero hazme llegar a ser como Tú deseas, como hiciste con san Pedro” (Juan Pablo I, 13 Sep. 1978).

     

    V.- La respuesta de Pedro

     

    Es interesante notar que a la confesión de Pedro tan hermosa y profunda dilata su corazón, e intuye una verdad que es la del Mesianismo fundamental en la persona de Jesús.

     

    Pero luego ante el anuncio de la pasión, su corazón que se había dilatado, se estrecha, en una perspectiva sociológica, de cálculo, que empobrece y reduce.

     

    La fe será siempre, vida, pascua, elección continua y gozosa; es un abrirse de par en par a la acción del Espíritu en mi corazón; superando así límites que estrechan y atrofian el misterio de Jesús.

     

    La fe florece en las obras, (Santiago 2,17), que provienen del amor a Dios, compromiso con el prójimo y búsqueda de la justicia. Pero éste itinerario se realiza llevando la cruz, cargándola, asumiéndola, porque ella nos purifica, nos despoja, nos desprende, nos hace disponibles, nos hace salir de uno mismo para abrirse a Dios en su amor, y al hermano en la convivencia solidaria y fraterna.

     

    Por eso Jesús reitera “El que quiera venir conmigo, renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc 8.35).

     

    A todos nos viene la tentación de evitar la cruz del sufrimiento, la contradicción, la crítica, cuando debemos realizar los deberes de la propia vocación particularmente cuando no son “populares” y sabemos que tanto en el Antiguo Testamento como en la época cristiana, el seguimiento de Cristo comporta siempre la aceptación de la Cruz, como lo dice muy bien la primera lectura. (Is 50, 5-6)

     

    Jesús al rechazar a Pedro, nos educa a no vivir una religiosidad cómoda, retórica, superficial, sino asumiendo en plenitud las consecuencias de seguir a Jesús, por el camino estrecho de la Cruz.

     

    A la tentación satánica del poder, triunfo, orgullo, egoísmo se opone el camino humilde de la cruz, de la entrega, la renuncia, el sacrificio.

     

    “Nadie tiene amor más grande que dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

     

    Amamos a Pedro, precisamente porque su gran amor a Cristo lo hace ser generoso y entusiasta, si bien luego las actuaciones no están a la altura de su confesión y así nos vemos un poco reflejados todos, en nuestros contrastes y fragilidades.

     

    Pero con Pedro y como Pedro, queremos reiterar nuestra profesión de fe en Jesucristo: “¡Tú eres el Mesías!” y esto nos da una grande serenidad y paz, para asumir responsabilidades y deberes de nuestra propia vocación y misión, con la luz y la fuerza de la Cruz de Jesús. Amén.

     

    Mérida, Yuc., 13 de septiembre de 2009

     

     + Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

    Arzobispo de Yucatán

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