Homilía
XXX Domingo del Tiempo Ordinario
Jer. 31, 7-9; Sal. 125; Heb 5, 1-6; Mc 10, 46-52
“Tu
rostro buscaré Señor”
I.- Introducción
“¡Tu rostro buscaré Señor!”
Este profundo deseo de todo
creyente, sabemos que se da, porque muchas veces somos ciegos para buscar a
Dios o para encontrarlo, porque nuestra fe se debilita, cuando deberíamos
siempre poder encontrar a Dios en el rostro de su Hijo Jesucristo. Que es el
verdadero don del Señor: La fe.
El don de la fe siempre es un
regalo, que Él nos da para que ayudemos y sirvamos a los demás, y otros puedan
llegar por nuestra palabra, ejemplo y servicio a encontrarse con Él.
En esta vida Cristo se nos hace
presente de diversas formas, en su Palabra, en los Sacramentos, en sus
representantes, en los más necesitados y carentes, en el enfermo, etc. Pero Él
nos invita a dilatar el corazón y saberlo identificar para así con los demás:
de nuestra familia, comunidad, amistad, caminar a su encuentro definitivo.
Eso significa seguir al Maestro,
caminar con Él, y aprender a pensar, hablar, planear y vivir conforme a su
corazón. “Para mí el vivir es Cristo…”
II.- Nadie esté excluido
La primera lectura y el salmo, nos orientan hacia los tiempos
finales, o como se dice “escatológicos”. Jeremías tiene oráculos muy antiguos
del principio de su predicación, dirigidas a los pobladores del norte después
de la deportación a Siria; y cuando destruyeron a Jerusalén, este oráculo se aplicó también al sur. Se
convierte en el anuncio del regreso a Jerusalén, de todo el pueblo del cual
Dios es Padre.
A lo largo de los siglos Israel
comprendió que un ciego no es tan solo el que no ve, sino el que debe pedir al
Señor: ¡Muéstrame tu rostro!.
Pueden permanecer en su ceguera aquellos
que no saber orar, pedir, suplicar, de poder “ver su rostro”, porque aquel que
sabe encontrar a Cristo encarna y resume la realidad que el Profeta augura a
Israel:
“¿Quién está ciego, si no mi
siervo?... “¿Quién está ciego si no es aquel a quien yo he privilegiado?” (Is 42.19) El profeta lo dice a Israel:
“Ciegos, vean y miren…” (Is 42.18); y
lo mismo hace el profeta Elías cuando le dice al pueblo: “¿Hasta cuando van a
cojear con los dos pies?” (1Re 19,21)
“¡Ánimo, no tengan miedo!” He aquí que vuestro Dios viene a salvarlos se
abrirán los ojos de los ciegos… y los cojos saltarán como ciervos” (Is 35.1 ss.)
No podemos excluir a nadie, para
invitarlo al gran banquete del mundo que viene, ni a los ciegos ni a los cojos.
La segunda clave de explicación, de
“ciegos y cojos” en la columna que va hacia Jerusalén, es que el “Siervo del
Señor”, tiene como misión abrir los ojos de los ciegos, (Is 42.7) y que el día del triunfo de Jerusalén, pone en evidencia
que ése descendiente de David –El Siervo- cancela por medio del rescate que da,
al ofrecer su vida, la maldición que impedía el regreso del pueblo a la ciudad
santa de Jerusalén.
III.- Seguir a Cristo: Invitación, curación, salvación.
El ciego Bartimeo que pide limosna a
orilla del camino (Mc 10,46) es un
contemporáneo de Jesús, pero es también un símbolo; es un pueblo que espera a
su Mesías, y que no ha sabido conocerlo e identificarlo en la presencia del
Maestro que pasa.
Al final de la narración, la
situación de Bartimeo se transformó, se pone a seguir a Jesús, porque ha
recuperado la vista y ha identificado al Maestro.
La escena nos hace comprender algo
muy estimado en la teología oriental que es la sinergia o colaboración. De un
lado el grito de petición: “Ten piedad de mí… que yo vea” (v.48-51). Y por lo mismo la intuición que va más allá de ver en
Jesús al Nazareno del que tanto habla el pueblo y del otro lado está la llamada
de Jesús, por tres veces mencionada.
Como dice muy bien san Agustín: “No
me buscarían, si en cierto modo no me hubiesen ya encontrado”.
El seguimiento es consecuencia de un
milagro realizado por Jesús. El ciego ve y puede seguirlo. Por ello en la
antigüedad –que se administraba a convertidos y adultos,- al bautismo se le
llamaba “iluminación”. Este pasaje, prepara los capítulos 11-13 de san Marcos, centrados en la identidad de Cristo. El
caminar de Bartimeo siguiendo al Señor, es un hermoso símbolo de seguir a
Jesús, profundizando el don de la fe.
La iniciación bautismal, siempre es
el principio de un camino de fe, que sigue el proceso: seguir a Cristo, imitar a Cristo, identificarse con Cristo. La búsqueda de calor en el misterio de
Cristo, es el signo inequívoco de la vitalidad, de la gracia en nuestro
corazón: ver, contemplar y profundizar el misterio de su amor.
Es la participación actual, a la
salvación futura. Dos actitudes conviene subrayar: el ciego arrojó su manto, se
puso de pie y se acercó a Jesús (v.50).
Qué podemos asociar con lo que el
Maestro le dijo al joven rico de despojarse de sus bienes (Mc 9.12); o la declaración de Pedro: “Nosotros lo hemos dejado
todo… (Mc 9,28).
La salvación no viene sin que haya
sacrificio, abnegación y renuncia. Por eso en la antigüedad antes de la inmersión se despojaban de sus
vestiduras como signo de abandonar lo antiguo y empezar la nueva vida. Y Jesús
le dice: “Tu fe te ha salvado (v.52).
Es algo contemporáneo que debemos
realizar: Jesús nos invita y llama a la salvación, ello se manifiesta en el
hecho que la persona asume con valor la capacidad de desprenderse de lo
anterior que no es agradable a Dios, y en esa renuncia se abre a la gracia y a
la salvación que viene de Cristo y de su Redención.
IV.- Todo encuentro es una decisión
No reduzcamos a la curación del
ciego, la actualidad de la profecía de Jeremías, puesto que la actualidad de la
ceguera y la curación siguen teniendo validez ahora.
Es interesante recordar que Jericó
es donde terminó el Éxodo, ahí se entra en la tierra prometida por el Señor y
por ahí entrará la grande columna de los hijos dispersos de Israel. Es ahí
también donde terminó la monarquía davídica; cuando apresan a Sedecías (2Re 25,5) y por ello el grito del ciego,
traspasa el arco del tiempo y resuena a través de los siglos.
La curación confirma la palabra del
profeta, e inaugura el tiempo que se le da la oportunidad –en Cristo- de la
curación de todos los ciegos, de todos los tiempos: Es tiempo de la Iglesia.
En ella somos constituidos
sacerdotes para ofrecer sacrificios por los pecados (2ª. Lectura). El
sacrificio que ofrecemos en la Eucaristía es el de la Cruz, al que nos
asociamos por el don de la fe y el seguimiento de Cristo, así nosotros podremos
oír que nuestra Madre la Iglesia nos dice: “¡Ánimo, levántate, el Señor te
llama!”.
El seguir a Cristo se vuelve la
forma por medio de la cual el don de la fe, se hace operativo, en la abnegación
generosa, de caminar con Cristo, cumpliendo en todo la voluntad del Padre, este
es el camino de la luz, de la esperanza, de los méritos, y de la
bienaventuranza.
V.- Conclusiones:
- Jesucristo es el Sacerdote, mediador perfecto entre
la fragilidad humana y la grandeza de Dios (2ª. Lectura ).
Que sepamos
apreciar mucho el Sacerdocio Ministerial. Minis-Terial - Santo Padre, Obispos,
Sacerdotes y Diáconos; y el sacerdocio real del que participamos todos los
bautizados.
- El don de la fe nos libra de nuestra ceguera, y nos
abre un horizonte infinito, que dilata nuestro corazón.
- Saber buscar a Cristo, como el ciego que no tuvo
miedo de gritar hasta ser escuchado.
- Vale la pena meditar este texto de Sören
Kierkiegaard:
“¡Tu nos amaste
primero, oh Dios! – Hablamos de Ti como si nos hubieras amado tan sólo una vez.
En cambio, Tú continuamente, día a día, por la vida entera, nos amas primero.
Cuando me
despierto en la mañana, y elevo a ti mi espíritu, Tú eres primero, Tú me amas
antes que yo te lo exprese. Si madrugo y me levanto al alba e inmediatamente
elevo a Ti mi espíritu y mi oración, Tú me precedes, Tú ya me amaste
precedentemente. Siempre será así. Tú no nos amas precedentemente una sola vez,
sino cada día, tu amor nos precede, en el caminar de nuestra propia vida”.
- Comenta San Agustín: “¡Temo que Jesús pase, y no vuelva!” (Sermón 88,13)
- Virgen María, obtén para nosotros la gracia de que
sepamos ver con los ojos de Jesús todas las realidades que nos rodean y
darles así su adecuado valor y respuesta. Amén
Mérida, Yuc., 25 de octubre de 2009.
+ Emilio Carlos
Berlie Belaunzarán
Arzobispo de
Yucatán |