El próximo domingo 24 de mayo, fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos, celebraremos la JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES.
Esta jornada nos da la oportunidad a todos los cristianos de
reflexionar sobre el encargo de Jesús, antes de subir a los cielos: “Vayan
por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que
crea y se bautice se salvará. El que resista a creer se condenará”
MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
PARA LA XLIII JORNADA
MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
24 de mayo de 2009
"Nuevas tecnologías, nuevas
relaciones.
Promover una cultura de respeto, de
diálogo, de amistad."
Queridos hermanos y hermanas:
Ante la proximidad de la Jornada Mundial de
las Comunicaciones Sociales, me es grato dirigirme a vosotros para exponeros
algunas de mis reflexiones sobre el tema elegido este año: Nuevas tecnologías,
nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo y amistad. En
efecto, las nuevas tecnologías digitales están provocando hondas
transformaciones en los modelos de comunicación y en las relaciones humanas.
Estos cambios resaltan más aún entre los jóvenes que han crecido en estrecho
contacto con estas nuevas técnicas de comunicación y que, por tanto, se sienten
a gusto en el mundo digital, que resulta sin embargo menos familiar a muchos de
nosotros, adultos, que hemos debido empezar a entenderlo y apreciar las
oportunidades que ofrece para la comunicación. En el mensaje de este año,
pienso particularmente en quienes forman parte de la llamada generación
digital. Quisiera compartir con ellos algunas ideas sobre el extraordinario
potencial de las nuevas tecnologías, cuando se usan para favorecer la comprensión
y la solidaridad humana. Estas tecnologías son un verdadero don para la
humanidad y por ello debemos hacer que sus ventajas se pongan al servicio de
todos los seres humanos y de todas las comunidades, sobre todo de los más
necesitados y vulnerables.
El fácil acceso a teléfonos móviles
y computadoras, unido a la dimensión global y a la presencia capilar de
Internet, han multiplicado los medios para enviar instantáneamente palabras e
imágenes a grandes distancias y hasta los lugares más remotos del mundo. Esta
posibilidad era impensable para las precedentes generaciones. Los jóvenes
especialmente se han dado cuenta del enorme potencial de los nuevos medios para
facilitar la conexión, la comunicación y la comprensión entre las personas y
las comunidades, y los utilizan para estar en contacto con sus amigos, para
encontrar nuevas amistades, para crear comunidades y redes, para buscar
información y noticias, para compartir sus ideas y opiniones. De esta nueva
cultura de comunicación se derivan muchos beneficios: las familias pueden
permanecer en contacto aunque sus miembros estén muy lejos unos de otros; los
estudiantes e investigadores tienen acceso más fácil e inmediato a documentos,
fuentes y descubrimientos científicos, y pueden así trabajar en equipo desde diversos
lugares; además, la naturaleza interactiva de los nuevos medios facilita formas
más dinámicas de aprendizaje y de comunicación que contribuyen al progreso
social.
Aunque nos asombra la velocidad con
que han evolucionado las nuevas tecnologías en cuanto a su fiabilidad y
eficiencia, no debería de sorprendernos su popularidad entre los usuarios, pues
ésta responde al deseo fundamental de las personas de entrar en relación unas
con otras. Este anhelo de comunicación y amistad tiene su raíz en nuestra
propia naturaleza humana y no puede comprenderse adecuadamente sólo como una
respuesta a las innovaciones tecnológicas. A la luz del mensaje bíblico, ha de
entenderse como reflejo de nuestra participación en el amor comunicativo y
unificador de Dios, que quiere hacer de toda la humanidad una sola familia.
Cuando sentimos la necesidad de acercarnos a otras personas, cuando deseamos
conocerlas mejor y darnos a conocer, estamos respondiendo a la llamada divina,
una llamada que está grabada en nuestra naturaleza de seres creados a imagen y
semejanza de Dios, el Dios de la comunicación y de la comunión.
El deseo de estar en contacto y el
instinto de comunicación, que parecen darse por descontados en la cultura
contemporánea, son en el fondo manifestaciones modernas de la tendencia
fundamental y constante del ser humano a ir más allá de sí mismo para entrar en
relación con los demás. En realidad, cuando nos abrimos a los demás, realizamos
una de nuestras más profundas aspiraciones y nos hacemos más plenamente humanos.
En efecto, amar es aquello para lo que hemos sido concebidos por el Creador.
Naturalmente, no hablo de relaciones pasajeras y superficiales; hablo del
verdadero amor, que es el centro de la enseñanza moral de Jesús: "Amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con
todas tus fuerzas", y "amarás a tu prójimo como a ti mismo" (cf.
Mc 12, 30-31). Con esta luz, al reflexionar sobre el significado de las nuevas
tecnologías, es importante considerar no sólo su indudable capacidad de
favorecer el contacto entre las personas, sino también la calidad de los
contenidos que se deben poner en circulación. Deseo animar a todas las personas
de buena voluntad, y que trabajan en el mundo emergente de la comunicación
digital, para que se comprometan a promover una cultura de respeto, diálogo y
amistad.
Por lo tanto, quienes se ocupan del
sector de la producción y difusión de contenidos de los nuevos medios, han de
comprometerse a respetar la dignidad y el valor de la persona humana. Si las
nuevas tecnologías deben servir para el bien de los individuos y de la
sociedad, quienes las usan deben evitar compartir palabras e imágenes
degradantes para el ser humano, y excluir por tanto lo que alimenta el odio y
la intolerancia, envilece la belleza y la intimidad de la sexualidad humana, o
lo que explota a los débiles e indefensos.
Las nuevas tecnologías han abierto
también caminos para el diálogo entre personas de diversos países, culturas y
religiones. El nuevo espacio digital, llamado ciberespacio, permite encontrarse
y conocer los valores y tradiciones de otros. Sin embargo, para que esos
encuentros den fruto, se requieren formas honestas y correctas de expresión,
además de una escucha atenta y respetuosa. El diálogo debe estar basado en una
búsqueda sincera y recíproca de la verdad, para potenciar el desarrollo en la
comprensión y la tolerancia. La vida no es una simple sucesión de hechos y
experiencias; es más bien la búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza. A
dichos fines se encaminan nuestras decisiones y el ejercicio de nuestra
libertad, y en ellos —la verdad, el bien y la belleza— encontramos felicidad y
alegría. No hay que dejarse engañar por quienes tan sólo van en busca de
consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección
misma se presenta como el bien, la novedad se confunde con la belleza y la
experiencia subjetiva suplanta a la verdad.
El concepto de amistad ha tenido un
nuevo auge en el vocabulario de las redes sociales digitales que han surgido en
los últimos años. Este concepto es una de las más nobles conquistas de la
cultura humana. En nuestras amistades, y a través de ellas, crecemos y nos
desarrollamos como seres humanos. Precisamente por eso, siempre se ha
considerado la verdadera amistad como una de las riquezas más grandes que puede
tener el ser humano. Por tanto, se ha de tener cuidado de no banalizar el
concepto y la experiencia de la amistad. Sería una pena que nuestro deseo de
establecer y desarrollar las amistades on line fuera en deterioro de nuestra
disponibilidad para la familia, los vecinos y quienes encontramos en nuestra
realidad cotidiana, en el lugar de trabajo, en la escuela o en el tiempo libre.
En efecto, cuando el deseo de conexión virtual se convierte en obsesivo, la consecuencia
es que la persona se aísla, interrumpiendo su interacción social real. Esto
termina por alterar también los ritmos de reposo, de silencio y de reflexión
necesarios para un sano desarrollo humano.
La amistad es un gran bien para las
personas, pero se vaciaría de sentido si fuese considerado como un fin en sí
mismo. Los amigos deben sostenerse y animarse mutuamente para desarrollar sus
capacidades y talentos, y para poner éstos al servicio de la comunidad humana.
En este contexto es alentador ver surgir nuevas redes digitales que tratan de
promover la solidaridad humana, la paz y la justicia, los derechos humanos, el
respeto por la vida y el bien de la creación. Estas redes pueden facilitar
formas de cooperación entre pueblos de diversos contextos geográficos y
culturales, permitiéndoles profundizar en la humanidad común y en el sentido de
corresponsabilidad para el bien de todos. Pero se ha de procurar que el mundo
digital en el que se crean esas redes sea realmente accesible a todos. Sería un
grave daño para el futuro de la humanidad si los nuevos instrumentos de
comunicación, que permiten compartir saber e información de modo más veloz y
eficaz, no fueran accesibles a quienes ya están social y económicamente
marginados, o si contribuyeran tan sólo a acrecentar la distancia que separa a
los pobres de las nuevas redes que se desarrollan al servicio de la información
y la socialización humana.
Quisiera concluir este mensaje
dirigiéndome de manera especial a los jóvenes católicos, para exhortarlos a
llevar al mundo digital el testimonio de su fe. Amigos, sentíos comprometidos a
sembrar en la cultura de este nuevo ambiente comunicativo e informativo los
valores sobre los que se apoya vuestra vida. En los primeros tiempos de la Iglesia, los Apóstoles y
sus discípulos llevaron la
Buena Noticia de Jesús al mundo grecorromano. Así como
entonces la evangelización, para dar fruto, tuvo necesidad de una atenta
comprensión de la cultura y de las costumbres de aquellos pueblos paganos, con
el fin de tocar su mente y su corazón, así también ahora el anuncio de Cristo
en el mundo de las nuevas tecnologías requiere conocer éstas en profundidad
para usarlas después de manera adecuada. A vosotros, jóvenes, que casi
espontáneamente os sentís en sintonía con estos nuevos medios de comunicación,
os corresponde de manera particular la tarea de evangelizar este
"continente digital". Haceos cargo con entusiasmo del anuncio del
Evangelio a vuestros coetáneos. Vosotros conocéis sus temores y sus esperanzas,
sus entusiasmos y sus desilusiones. El don más valioso que les podéis ofrecer
es compartir con ellos la "buena noticia" de un Dios que se hizo
hombre, padeció, murió y resucitó para salvar a la humanidad. El corazón humano
anhela un mundo en el que reine el amor, donde los bienes sean compartidos,
donde se edifique la unidad, donde la libertad encuentre su propio sentido en
la verdad y donde la identidad de cada uno se logre en una comunión respetuosa.
La fe puede dar respuesta a estas aspiraciones: ¡sed sus mensajeros! El Papa
está junto a vosotros con su oración y con su bendición.
Vaticano, 24 de enero 2009, Fiesta
de San Francisco de Sales.
BENEDICTUS
PP. XVI
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