CIRCULAR No. 13/09 Mensaje con motivo de la 95 Jornada Mundial del Migrante. Queridos hermanos: El domingo 6 de septiembre de 2009 la iglesia católica celebra en México la 95 Jornada Mundial del Migrante. Esta celebración, como decía el Papa Benedicto XVI en su mensaje de motivación para dicha jornada, que se celebró en otros países el 18 de enero este mismo año, “ha de ser para todos un estímulo a vivir en plenitud el amor fraterno sin distinciones de ningún tipo y sin discriminaciones, con la convicción de que nuestro prójimo es cualquiera que tiene necesidad de nosotros y a quien podemos ayudar”. El Santo Padre, con motivo del ya concluido Jubileo Paulino, eligió para esta celebración un lema atrayente y lúcido: “San Pablo emigrante, Apóstol de los pueblos”. Es una invitación a acercarnos a la figura paradigmática de Pablo, a participar en sus mismos sentimientos y actitudes y a seguir su testimonio en su relación con las diversas personas a las que dedicó su ministerio y por los que entregó su vida, como él mismo nos dice, “a fin de ganar para Cristo al mayor número posible, me he hecho débil con los débiles… todo a todos, para salvar a toda costa a algunos” (1 Co 9, 22). Pablo, “conquistado por Cristo”, permaneció íntimamente unido a él y se sintió partícipe de su misma vida a través de la comunión en sus padecimientos. Él nos ofrece un modelo de evangelización válido para todo tiempo y lugar, tanto por su contenido como por su ardor. En la "era de la globalización", la Iglesia debe llevar la Palabra de Dios a todos los hombres, de manera especial a quienes se encuentran en situaciones de necesidad y vulnerabilidad: a los estudiantes que están fuera de su país, a los trabajadores inmigrantes, a los refugiados, prófugos, desplazados y las víctimas de las esclavitudes modernas, como por ejemplo la trata de seres humanos. A ellos es preciso prestar una atención prioritaria, evitando juzgarlos, despreciarlos o escandalizarlos, y abriéndose a la acogida recíproca. La evangelización debe tener en cuenta las diversas situaciones sociales y culturales, así como las dificultades particulares de cada persona como consecuencia de su condición migrantes e itinerantes. En nuestro país, y en nuestra Iglesia local, el fenómeno de la migración exige de nosotros una especial atención para las familias de aquellos hermanos que han tenido que alejarse de los suyos para buscar mejores oportunidades de trabajo en el extranjero. La experiencia secular de vida cristiana nos muestra que cuanto más unida a Cristo está una comunidad, tanto más solícita se muestra con el prójimo, porque la comunión con Cristo fortalece el sentido de fraternidad, que conduce a practicar la hospitalidad. Que María, la Virgen Santa que conoció en su vida la dureza de la emigración, sea firme apoyo junto con el apóstol Pablo, para todos aquellos que se hacen solidarios con la situación de los migrantes o la de sus familias. Mérida, Yucatán, 4 de septiembre de 2009. +Emilio Carlos Berlie Belaunzarán Arzobispo de Yucatán +José Rafael Palma Capetillo Obispo Auxiliar
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