Muy queridos hermanos en el Presbiterio:Respondiendo a una inspiración que Dios Nuestro Señor me da quiero enviarles unas
cartas en este "Año sacerdotal”, que espero sirvan de reconocimiento a su dignidad, y aliento a su actividad.
Deseo que todos tengamos puesta la mirada en Cristo que es la plenitud, fuente y modelo de todas las vocaciones, y en particular del servicio ministerial en cuanto participación peculiar de su sacerdocio mediante el carácter del sacramento del Orden.
Les sugiero en sus espacios de oración, recordar su itinerario de vocación al sacerdocio, en la paz y tranquilidad de la intimidad con el Señor.
Nos hace mucho bien recordar nuestras iniciales motivaciones para ingresar al Seminario, y cómo hemos evolucionado, madurado, profundizado y ampliado nuestras convicciones.
Será también muy provechoso, que recordemos nuestros ejercicios antes de las Órdenes, la emoción del día de la Ordenación, lo solemne de la celebración, cuando postrados ante el altar sobre el suelo de la Catedral y habiendo recitado juntos las letanías de los santos, el Señor Arzobispo impuso sus manos sobre cada uno, y luego fueron pasando todos los futuros hermanos del Presbiterio para repetir ése signo bíblico – litúrgico, de consagración y de inserción, y el hecho de sentirse uno tan pequeño tan "como los demás”, y que sin embargo desde ése momento todos te vieron con especial respeto, besaban tus manos recién ungidas y te imploraban: ¡Padre deme su bendición!.
Desde los tiempos apostólicos la imposición de manos es el signo de la transmisión del Espíritu Santo, supremo artífice de la potestad sacerdotal: autoridad sacramental y ministerial.
Es muy importante orar y reflexionar acerca del Don que Cristo nos ha regalado.
Por ello es bueno volver a recordar desde las incertidumbres: de que "me gustaba” "me parecía interesante” "me daba curiosidad” "sentía el gusanito” como popularmente solemos decir; y luego ir repasando como poco a poco fue ganando espacio en nuestro corazón la gracia de la decisión.
Aquellos que con su ejemplo sacerdotal, su consejo prudencial, su palabra de aliento, favorecieron el proceso interior de discernimiento.
Cómo ésta opción fue ganando terreno en el propio corazón, y en el de los papás, familiares y amigos a los que les fuimos comunicando, sus reacciones y consejos.
Y luego nuestro ingreso al Seminario, con sus satisfacciones, dudas, su fraternidad y dificultades, los conocimientos que interesaban, lo largo de la preparación que la Iglesia pide, contrastes que toda vida tiene, y que uno asume y asimila.
Es bueno ver todo esto en la perspectiva del tiempo ya transcurrido, puede ser mucho ó poco, pero la retrospectiva favorece, el valorar y apreciar lo ya vivido
Podemos aquí recordar a Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, por esto me ha consagrado con la unción y me ha enviado” (61, 1).
Desde entonces –para algunos más, otros menos- tus manos, han sido signo de la misericordia de Dios, bendiciendo absolviendo, ungiendo…
Cuántas horas de trabajos, estudios, confesiones, prédicas, traslados, visitas a hospitales y enfermos, perdonando, aconsejando, alentando, en una palabra guiando y acompañando al pueblo de Dios con el servicio del ministerio sacerdotal.
Por ellos pidamos a Cristo, por medio de la Virgen María, la gracia de la fidelidad.
Cada uno somos un "proyecto de vida” un "proyecto de Dios”; que nada ni nadie nos haga cambiar.
El amor victorioso de Cristo permanezca en nosotros; para lograr la victoria de Cristo cada día en nuestro corazón, esa victoria de Cristo que pasa siempre por la cruz.
En esta victoria de Cristo encontramos nuestra luz, serenidad, fortaleza y paz.
Que la Santísima Virgen los bendiga.
Con mi afecto.
+ Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán