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    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    hola buen dia.. deberian regresar al padre armin a tizimin el que esta la verdad que .. sincomentarios solo preguntenle a la gente y en paticular a los que cada año venden velas y trabajan para la iglesia saludos


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    Carta a Sacerdotes 26 de Nov de 2009
    8:32 AM

    + Emilio Carlos Berlie Belaunzarán                                                                                                
        26 de noviembre de 2009
      Arzobispo de Yucatán

    "El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús",
    repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.2
    Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer
    con devoción y admiración el inmenso don
     que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia,
     sino también para la humanidad misma.
     (Tomado de la carta a los sacerdotes del Papa Benedicto XVI )

    Queridos hermanos en el Presbiterio:

    Para cada uno de nosotros la vivencia y conciencia del amor de Dios es percibida con claridad en nuestro corazón, y es fuente de fortaleza, confianza y paz.

    Cuántas veces tenemos dudas incertidumbres, cuestionamientos y parece que nuestra vida no encuentra suficiente sentido, ni es percibida por los demás en todo su valor y significado.

    Otras veces, pequeños signos, como un saludo, una palabra, un acontecimiento favorable, nos recuperan, nos animan y alientan en nuestra decisión, de manera que nos permite comprender mejor que nuestra vocación, es un proyecto de Dios, una invitación de Cristo, una oportunidad de hacer de nuestra vida una maravillosa e inigualable experiencia.

    La asombrosa particularidad del amor de Dios, debe proyectarse en una espiritualidad única y diferenciada, según cada vocación en el marco de la policromía de las vocaciones eclesiales.

    Cristo nos invita a una encarnación especial de la fe, y el compromiso de "totalidad totalizante” de mi relació9n personal e íntima con Él.

    Cristo me amo, me eligió, me invitó.

    Al responder afirmativamente, al decir Sí he iniciado una experiencia de amor que con sus altibajos, dudas, incertidumbres y generosidades, ha ido tejiendo la historia de mi vida, que va paulatinamente acumulando tiempos, aconteceres y años, de mi historia personal de salvación.

    En esta hermosa aventura, la iniciativa fue de Él, "Cristo me amó primero” como lo dice Pablo, pero de mi dependió la respuesta, la afirmación, el sí definitivo que se vincula, -como todas las respuestas positivas dadas a Dios-, en sintonía con el FIAT de María.

    La espiritualidad cristiana siempre es personificante, "me invitó a mí”; pero en un marco profundamente Trinitario: Para realizar la voluntad del Padre, Cristo me invita a ser sacerdote, y me da la gracia del Espíritu, para que mi respuesta en el marco de la libertad humana sea realización de su plan de salvación.

    El fuego del amor de Cristo en mi corazón debe crecer cada día, así como en Jesús vemos que crecía su oblación en el cumplimiento de su vocación, siempre me impresiona, que después de lo anunciado que sufriría en Jerusalén comenta el Evangelista Lucas, con ánimo decidido, inició el camino a Jerusalén.

    Hay un fuego interior, que impulsa, alienta y consume; tanto en la humanidad y sencillez de la vida oculta de Jesús, como después cuando deberá enfrentar adversarios, y contradicciones, la vida del sacerdote oscila constantemente entre espacios de vida oculta, y otros de vida pública; y en ambas dimensiones deberá proyectar ese fuego oculto interior, que ilumina su vida, y da luz a tantos otros.

    Por esto el sacerdocio hay que vivirlo con pasión, en esa doble vertiente: apasionadamente y participando en la pasión de Cristo.

    Cristo es mi pasión, y con Cristo vivo su pasión.

    Así me hago disponible a ser encendido en ése "fuego del amor” del Espíritu, para brillar e iluminar como antorcha que da luz y calienta, o faro que guía y orienta hacia el puerto que es Cristo.

    Hay pues una "atracción de amor” en la que Jesús nos educa –para caminar en la presencia del Padre, impulsados por la gracia del Espíritu que nos envía a una vivencia de amor Trinitario; y que nos impulsa e impele al servicio y edificación de la propia comunidad.

    Por ello en nuestra oración debemos discernir ante el Señor, como confiar, dejarnos llevar, ser guidados por la atracción magnética del Espíritu, para que los valores como "propia identidad” "conciencia de la dimensión social de la vocación”, "compromiso comunitario” sean fruto de esa atracción que invita, contagia, involucra y entusiasma a los demás, fruto de la atracción del Espíritu Santo.

    Por ello muchas veces debemos renunciar al "pleno control” de nuestra vida, sin temores ni aprehensiones, sabiendo que Él es el Señor que guía nuestro barco, y que hace que nuestra vida –ofrenda ilimitada de amor- sobrepase todos los miedos, y se proyecte en la confianza. "¡Ay del alma que no lleva en sí al verdadero piloto Cristo porque puesta en un despiadado mar de tinieblas, sacudida por las olas de sus pasiones y embestida por los espíritus malignos, como tempestad, terminará en el naufragio!” (S. Macario Hom. 28).

    Confianza atrevida, creativa, generosa, que lleva a dar lo mejor de sí, cada día en el amor de Cristo, al servicio de la comunidad, edificando la Iglesia.

      Cristo nos invita:    Ve y se mi fuego
                                   Ve y se mi luz
    Lo que cuenta es nuestra coherencia, nuestra fidelidad, nuestra decisión:

    "ser lo que soy, ahí donde estoy”

    Es una actitud de disponibilidad y confianza que edifica, ilumina, alienta, y hace que nuestra sencilla experiencia cotidiana, sea una bella experiencia de amor.

    Debemos pues buscar nuestra propia espiritualidad sacerdotal, en esa actitud humilde de "entrega que reflexiona, ora medita y aprende”, en esa entrega que día a día se prodiga en el servicio, con la doble dimensión de la Iglesia "Madre y Maestra”, para edificar y construir nuestras comunidades según el corazón de Cristo en espiritualidad de comunión.

    En una entrevista acerca del Sacerdocio el palentólogo y escritor espiritual jesuita Pierre Theilard de Chardin mencionó lo que dice en su libro "La Misa sobre el mundo” la siguiente oración:
    "Fuerte, con un sacerdocio que solo
    Tú has podido darme, invocaré al fuego
    sobre todo lo que en la carne humana
    está pronto para nacer, o para perecer
    bajo el sol que asciende”.

    Este fuego divino, para la transformación del mundo, estará presente siempre n nuestro ministerio en esa doble dimensión que siempre llevamos guiar a los demás a profundizar el misterio del amor de Dios y ser médicos de las almas.

    El fuego del Espíritu no nos pertenece somos sus enviados, sus embajadores, los que actuamos en su nombre.

    Es el fuego del amor de Dios que debe formar parte cada vez más integral de la vida que todos llevamos como discípulos bautizados de Jesús.

    Mediante la Ordenación el Sacerdote adquiere el singular poder de administrar ése fuego, hacerlo venir desde el cielo y convocar su presencia en medio de nosotros. Cristo se hace presente en la Eucaristía, por medio de mi voz, Cristo llega al corazón de los hermanos, por medio de mi voz.

    Así es como a través de mi humilde ministerio, la Iglesia Madre y Maestra alimenta a su pueblo con el "Pan de la Palabra, y el Pan de la Eucaristía”·

    Avivar ése fuego, que guía hacia el misterio de Dios, y atender los deseos más profundos, los anhelos del alma de esas personas no se puede limitar a momentos cumbres, especiales, de nuestro misterio, sino que es un poder y una cosmovisión que debe impregnar toda la vida sacerdotal.

    Esta entusiasmante y atractiva visión del sacerdocio, exige un espíritu de constante superación como decía aquel reloj de péndulo de un monasterio:

      En un lado:   "Hoy mejor que ayer”
      En otro lado: "mañana mejor que hoy”
    El péndulo marcaba el tiempo oscilando permanentemente entre éstas dos frases estimulantes.

    Un sacerdote debe estar inflamado por el fuego del Espíritu, y contagiar –con su amor, entrega y entusiasmo- con ése fuego a todos los que trata.

    Dios es único, única también deberá ser la respuesta de cada uno, ya que Él nos conoce por nuestro nombre, y nos llamó para confiar en nosotros.

    ¡A ustedes ya no los llamo siervos, los llamo amigos! (S.Juan 15,15)

    A veces parafraseo un poco el bellísimo lema de S.S. Juan XXIII que decía: "Obediencia y paz”; y lo comento así: "Confianza y paz”.

    Porque el sacerdocio debe nutrirse de ése amor, y de esa confianza que se irradia, y que hace que los demás se acerquen a ti. "¡porque les inspiras confianza!”

    Como eco debe repercutir en nuestro corazón la palabra bíblica del Profeta:

         "No temas, yo te he rescatado
          Te he llamado por tu nombre eres mío” (Is 43.1)

    La espiritualidad de la gratitud debe animar nuestra confianza, que a su vez nutre la esperanza como virtud teologal.

    "Ustedes encontrarán persecución en el mundo, pero ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16.33)

    Este fuego interior, este entusiasmo apostólico, este deseo de llevar todos a Cristo, en la comunión de la Iglesia católica, nuestra Madre y Maestra, nos de esa fidelidad y fortaleza interior para cumplir su entrañable deseo:

    "Permanezcan en mi amor” (Jn 15.9)
    Amén


    + Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
    Arzobispo de Yucatán





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