Muy queridos hermanos del Presbiterio de Yucatán:
El "Misterio de la fe” la Iglesia lo profesa en el Credo, lo celebra en la liturgia, y lo vive en la caridad.
Este misterio de la fe, crea una exigencia de encuentro personal con Cristo, para que toda la existencia, sea una experiencia de Dios.
Cristo en mi corazón, en mi vida, en mi vocación, en toda mi proyección.
Ello presupone una cosmovisión impregnada por las fe, que es –Don de Dios, decisión de la persona. Gracia y respuesta. San Juan María Vianney, enseña a los sacerdotes que:
"La oración es el gran recurso que tenemos para salir del pecado, perseverar en la gracia, mover el corazón de Dios y atraer sobre nosotros toda suerte de bendiciones del cielo en orden a nuestra santificación y al hermoso ministerio pastoral que el Buen Dios nos ha confiado” (Serm. V después de Pascua).
El Espíritu Santo nos eligió, y ha consagrado y enviado para anunciar la buena nueva del Evangelio.
El encuentro personal con Cristo, nos crea una exigencia de anunciar lo que hemos visto y oído del Verbo de la Vida (Jn 3,11) que celebremos con devoción y unción la Eucaristía (Lc 22.19) y administremos la misericordia de Dios a través del Sacramento de la confesión y asimismo pidiendo perdón por nuestras faltas cometidas.
Que nunca se extinga la gracia que se nos ha dado, por la imposición de manos del Obispo (2Tim 1,16) para que nuestra vida sea una entrega plena, total, generosa y alegre .
"Si conocieras el don de Dios” Jn 4,10. La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: ahí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es Él el primero en venir buscamos, y el que nos pide de beber. Qué bien dice San Agustín: "Dios tiene sed, de que el hombre tenga sed de Él” (quest 64,4)
Cuando nos disponemos a orar, es: "todo el hombre toda la persona la que ora”. Por ello la Escritura habla del corazón que es el que ora; y como sabiamente decía Saint Exupery: "solo se ve bien con el corazón” (El Principito).
El corazón es la morada donde yo habito, donde yo estoy, donde me adentro a la profundidad de mi ser e identidad. Por ello se describe el corazón como el lugar de la verdad, de la decisión, del encuentro y de la Alianza. (cc.2563)
Debemos orar para superar las posibles crisis de identidad. Los sutiles enemigos de la superficialidad, y el relativismo tienden a debilitar nuestras fuerzas y agotar nuestros recursos. Por ello es tan importante lo que dice la imitación de Cristo: "Más deseo sentir la contrición, que saber definirla”. Debemos vivir en plenitud la dicha de sabernos amados y elegidos por Cristo.
Porque hemos sido elegidos para ser sus apóstoles, debemos ser personas que nos sintamos, profundamente amados por Cristo y experimentemos su amor.
Pero también como apóstoles debemos ser conocidos y reconocidos como los fieles discípulos del Maestro, que tenemos llenos de su amor nuestros corazón y que llevamos a los demás la alegría y la esperanza del Evangelio.
Cada uno debemos poderle responder a Jesús "¡Sí Señor, tú sabes que te amo!” En el Evangelio Jesús hizo a Pedro dos preguntas: La primera "¿Quién dices que soy yo?” La segunda: "¿me amas?” Y deberíamos decidir en nuestro interior con un corazón de apóstoles, pastores y misioneros, que nuestra gozosa respuesta sea siempre "Sí Señor, tu sabes que te amo!”
Es muy bonito que imitando a Pablo podamos decir como él: "…El Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano pues yo no lo recibí ni aprendí, de hombre alguno sino por revelación de Jesucristo… Más cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre, y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciara entre los gentiles…” (Gal 1,11-16). Cristo me amó, me eligió, me ungió, me envió. Un apóstol es un testigo de lo que ha estudiado, contemplado, experimentado y asimilado, en ése diálogo ininterrumpido de la oración.
Por eso viene espontánea la pregunta: ¿Cómo ser apóstol, sin ser contemplativo? Lo que significa hallarse en viva y constante comunión con Jesús, el Señor resucitado; estar con Él, aprender de Él, escucharlo en el silencio interior – pues Dios habla "claro, pero quedo”, necesitamos de ése silencio para oír al Señor.
Fue la experiencia de la Iglesia primitiva: "No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios para servir a las mesas… buscad a siete hombre de buena fama…los nombraremos para éste cargo, mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hech 2-4).
¿Qué significa ser capaces de dar y transmitir a otros el Espíritu Santo? Vivir la experiencia de estar transformando los corazones y las vidas de los demás con el poder de la propia palabra y con la fuerza de la propia oración, como servidores de la acción del Espíritu Santo. Como dice S. Pablo: "Doblo mis rodillas ante el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda según la riqueza de su gloria que seáis vigorosamente fortalecidos y por la acción del Espíritu en el hombre interior que Cristo habite por la fe en vuestros corazones para que arraigados y cimentados en el amor podáis comprender con todos los santos cual es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios” (Ef. 3, 14-19).
San Pablo quiere comunicar a sus cristianos los dones espirituales (fe, amor, fuerza y poder) que no se hace por meras palabras, sino por la acción del Espíritu Santo. Por eso el discípulo-apóstol busca sus espacios de soledad para "llenarse, cargarse, del Espíritu”. Procura sus áreas de silencio para templarse, fraguarse y "recibir” el Evangelio; del que así podrá transformarse en testigo, cuando esté entre sus hermanos y deba anunciarlo en los caminos, las plazas y el templo.
Saber retirarse y recogerse en oración, es para aprender a escuchar, profundizar y discernir, en nuestros corazones, en ése silencio en el que se hace audible y comprensible la voz de Dios. Al escucharlo, sabremos mejor hablar de Él y como Él. No nos dejemos seducir por los susurros del ángel de la oscuridad.
Por medio de la oración recibiremos: Orientación, ánimo y fortaleza; el Señor en la oración también nos dirá a nosotros ante las dificultades: "No tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo…” (Hech 18,9). "Ánimo como has dado testimonio de mi en Jerusalén, así deberás darlo también en Roma” (Hech 23,11) Todo es gracia, todo es don, por lo mismo tenemos que desearlos ardientemente, y pedirlos constantemente a la persona que alimenta grandes deseos Cristo se le muestra, y el Espíritu Santo le es dado. Debemos ser constantes en la oración, insistentes en ella y consistentes en la actuación. Al Señor le gusta nuestra amorosa insistencia para que se nos muestre, imitando a la mujer cananea (Mt 15) o al Centurión (Mt 9): "Una palabra tuya será suficiente…” Por ello es tan importante orar con constancia y confianza.
Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprendemos a orar al Padre. Sus últimas palabras de Cristo en la Cruz nos dan la grande lección que orar y entregarse son una sola cosa.
Busquemos, anhelemos, llamemos porque Cristo es la vida, la puerta, la paz y el camino. Recordemos aquí el bellísimo comentario de San Agustín: "El ora por nosotros como sacerdote nuestro; Ora en nosotros, como cabeza nuestra; A Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces, y la voz de Él en nosotros” (Sal 85.1) Aprendamos de María, y con Ella –nuestra Madre- comprenderemos que en su FIAT y en su Magnificat, Ella se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe. Decía el Santo cura de Ars:”Todos los santos comenzaron su conversión por la oración, y por ella perseveraron; y todos los condenados se perdieron por su negligencia en la oración. Digo pues que la oración nos es absolutamente necesaria para perseverar” ( Sermón sobre la perseverancia).
Si queremos ser discípulos, apóstoles y misioneros debemos vivir el Consejo de San Agustín: Antes de permitir a la lengua que hable El apóstol debe de elevar a Dios su alma sedienta, Con el fin de dar lo que hubiese bebido, Y esparcir aquello de que la haya llenado. (Sobre la Doctrina Cristiana No. 4).
Que cada uno de nosotros sea un faro que orienta, conduce, ilumina, hacia el único verdadero puerto que es Cristo. De manera de poder repetir: "Señor que todo el que venga a mí, se vaya más cerca de Ti” (Card. Newman). Gracias.
Mérida, Yuc.,enero 5 de 2010
† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán Arzobispo de Yucatán
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