 CIRCULAR 09/2010 ASUNTO: Mensaje con motivo del Día Internacional de la Mujer Muy apreciados hermanos: Cada año, desde 1975, se celebra el 8 de marzo el "Día Internacional de la Mujer” para conmemorar la lucha histórica por mejorar la vida de las mujeres en todo el mundo. Este día se recuerda el esfuerzo, el coraje, el compromiso, el sacrificio y los éxitos alcanzados por numerosas mujeres que han luchado para se les reconozcan plenamente sus derechos y pretende hacer conciencia en todos, especialmente en los Estados y las instituciones internacionales, para que se haga lo necesario a favor del pleno respeto de su dignidad. Al unirnos a esta celebración, queremos hacer nuestras las palabras del papa Juan Pablo II que, en una carta dirigida a las mujeres en junio de 1995, expresaba su admiración hacia las mujeres que se han dedicado a defender la dignidad de su condición femenina mediante la conquista de fundamentales derechos sociales, económicos y políticos, habiendo tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que su compromiso era considerado un acto de transgresión, un signo de falta de femineidad o una manifestación de exhibicionismo. Ciertamente, el proceso de liberación de la mujer ha sido difícil y complicado y, aunque sustancialmente positivo, todavía está incompleto por tantos obstáculos que se interponen a que la mujer sea reconocida, respetada y valorada en su peculiar dignidad. Precisamente el lema de este año, "Los mismos derechos, las mismas oportunidades: progreso para todos”, nos recuerda que todavía hay asignaturas pendientes en este camino, que es necesario continuar. <BR>Normalmente el progreso se valora según categorías científicas y técnicas, y también desde este punto de vista no ha faltado la aportación de la mujer. Sin embargo los creyentes sabemos que no es ésta la única dimensión del progreso. Más importante es la dimensión ética y social, que afecta a las relaciones humanas y a los valores del espíritu. En este sentido, la Iglesia nos recuerda que el secreto para recorrer libremente el camino hacia el pleno respeto de la identidad femenina no está solamente en la denuncia, aunque necesaria, de las discriminaciones y de las injusticias; ni en la promoción de un progreso meramente tecnológico y material, sino también, y sobre todo, en un eficaz e ilustrado proyecto de promoción, que contemple todos los ámbitos de la vida femenina, a partir de una renovada y universal toma de conciencia de la dignidad de la mujer. La Palabra de Dios nos permite descubrir con claridad el radical fundamento de la dignidad de la mujer, cuando nos indica el designio divino sobre la humanidad. Desde las primeras páginas de la Biblia, vemos cómo el hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, están llamados a complementarse mutuamente como administradores de los dones de Dios y colaboradores suyos en comunicar su don de la vida, tanto física como espiritual, a nuestro mundo (Benedicto XVI, homilía en Ammán, 10 de mayo de 2009). En el Nuevo Testamento, la actitud de Nuestro Señor Jesucristo en relación con la mujer, confirma y aclara la verdad sobre la igualdad del hombre y mujer. Se debe hablar de una esencial "igualdad”, pues al haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, ambos son, en la misma medida, susceptibles del don del amor y de la salvación. El hecho de ser hombre o mujer no comporta ya ninguna limitación, así como no limita absolutamente la acción del Espíritu en el hombre el hecho de ser judío o griego, esclavo o libre, "hombre o mujer”, según las palabras del Apóstol Pablo: "Porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28). Se trata de una unidad que no anula la diversidad. La "igualdad evangélica”, tal como se manifiesta en las palabras y obras de Jesús de Nazaret, constituye la base más evidente de la dignidad de la mujer. Damos gracias a Dios por su designio sobre la misión de la mujer en el mundo y, al hacerlo, recordamos las palabras de S.S. Juan Pablo II, que después de agradecer las diversas facetas de la aportación de las mujeres a la humanidad, exclama con verdadera admiración: "Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas” (Carta a las Mujeres, 29 de junio de 1995). Nuestra reflexión para este día se podía resumir así. El hombre y la mujer son iguales en dignidad. Y en aquello que se distinguen son complementarios. Deseamos de todo corazón que las mujeres sean reconocidas socialmente en su plena dignidad. Y deseamos, con la misma fuerza, que sean reconocidas en su especificidad y en su feminidad, y que no sea el varón el punto de comparación sino la dignidad personal de que ella es portadora por voluntad del Creador. Que nuestro Señor Jesucristo, por intercesión de la Virgen María, colme de bendiciones a todas las mujeres y les haga progresar en la valoración de su dignidad y en la conciencia de lo que pueden ofrecer a la humanidad. Mérida, Yucatán, 7 de marzo de 2010. +Emilio Carlos Berlie Belaunzarán Arzobispo de Yucatán José Rafael Palma Capetillo Obispo Auxiliar Pbro. Lic. Pedro José Echeverría López Canciller Secretario.
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