Durante la Semana Santa, que comienza con el Domingo de Palmas y culmina con la Resurrección, vivimos los acontecimientos de la oración, prendimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesús, y ello nos debe llevar a la contemplación y meditación de la Pasión del Señor, dijo ayer el rector de la Catedral, Roberto Cuéllar Portillo, durante la homilía correspondiente al Domingo de Ramos. Añadió que con su pasión y muerte Cristo se revela como plenamente hombre que se solidariza con nosotros a través de su capacidad de sufrimiento, en esa fraternidad universal de la redención. Explicó que la celebración del Domingo de Ramos, el símbolo de las palmas se contrapone brutalmente al Viernes Santo. Recordó que la entrada a Jerusalén es exultante: "¡Hosanna al Hijo de David!”, en tanto que el grito del pueblo el Viernes Santo es escalofriante: "¡Crucifícalo!”. Así son de influenciables las multitudes, manipulables e injustas sus peticiones. Por eso, exhortó a los presentes pedir al Señor que los ayude a comprender y entender -a la luz de la cruz de Jesús-, lo que es el perdón, porque sólo con Él y como Él vamos a poder otorgarlo. También debemos comprender que la cruz es el instrumento de nuestra redención, es signo de amor a Dios (travesaño vertical), de amor al prójimo (travesaño horizontal) pero que para cumplirlo hay que aprender a crucificarse con Jesús. Señaló que la cruz de Jesús es signo de esperanza porque sabemos que la muerte no es la última realidad, sino que por ella vamos a la resurrección, victoria definitiva de Cristo, y en Él de todos. Antes explicó que la condena, muerte y crucifixión de Jesucristo indican la confrontación entre los poderes humanos y los designios de Dios. Dijo que en el contexto de la vida terrena de Jesús los poderes humanos son políticos y religiosos, que cuando deben enfrenta a uno más fuerte, se alían. El poder religioso que esa época había decretado su muerte: "Es mejor que uno muera por todo el pueblo” (Mt 26.3) (S. Jn 11,50) así, la excusa de la acusación fue la blasfemia, ya que siendo un hombre, se había declarado Dios (Mt 26. 66 y Mc 14.63). La verdad profunda era otra, ya que estaban llenos de envidia, porque crecía el éxito de Jesús y ellos perdían poder. Y de esto era consciente el procurador Poncio Pilato, que sabía se lo habían entregado por envidia (Mt 27.18).
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