El miedo es no creer que el amor vence siempre
«No tengan miedo». Esta expresión la hemos
escuchado, seguramente, en distintas circunstancias de la vida. La
escuchamos en la niñez cuando nuestros padres o algún familiar nos
hicieron sentir su presencia y su fuerza, ante los temores propios de la
infancia.
La escuchamos, también, en la adolescencia o en
la juventud, cuando sentimos el temor y la preocupación ante las
decisiones que se van tomando en la vida.
Los familiares y amigos así nos han infundido confianza y ánimo, al
mismo tiempo que se han solidarizado ante las situaciones que vamos
enfrentando. Sin embargo, esta misma expresión pronunciada por los
mismos labios de Cristo, en la mañana de resurrección, provoca una
experiencia superior de confianza, ánimo y fortaleza.
«No tengan miedo», nos vuelve a decir Jesucristo, porque el miedo es, al
fin y al cabo, pensar que el mal, el sufrimiento y la muerte pueden
vencer sobre el amor, la fraternidad, la justicia y la paz. El miedo es
pensar que Jesús ha fracasado; el miedo es no ser capaces de creer que
Jesús ha resucitado. El miedo es no creer que -pase lo que pase- el amor
vence siempre, porque el amor es siempre mucho más valioso, más lleno
de vida y más prometedor que cualquiera de los éxitos que a veces
lamentablemente valoramos tanto.
Este es el gran mensaje de la Pascua que
conviene que todos de manera personal podamos escuchar. Jesús vive, ha
resucitado de entre los muertos. En su sepulcro todo es novedad, todo se
transforma y cambia el mundo entero. Las mujeres experimentan el mundo
renovado que empieza con Jesús, pues el crucificado no ha quedado
aprisionado por las cadenas de la muerte; la piedra del sepulcro no ha
podido retener la fuerza infinita de amor que se manifestó sin reservas
en la cruz.
El camino intachable de Jesús, su entrega apasionada por los pobres,
aquella lucha permanente contra el mal, aquel amor, ¿cómo podría haber
quedado encerrado, muerto allí para siempre? La fuerza del amor de
Jesús, la fuerza del amor del Padre, vence a la muerte y cambia el
mundo. Y por eso el ángel les dice, y Jesús lo repite después: «No
tengan miedo».
Jesús anima a sus discípulos haciéndoles ver
que él ha vencido al mundo. Desde esta perspectiva el mundo oprimido por
el pecado, el sufrimiento, las injusticias y la muerte ha sido vencido.
Los enemigos del hombre ya no tienen la última palabra, pues Jesús ha
resucitado. Ese mundo, dominado por el pecado y por la muerte, se ha
acabado y Jesús inicia los nuevos tiempos, los cielos nuevos y la tierra
nueva.
La fe en la resurrección de Jesús es la única fuerza que puede disputar a
la muerte su dominio. La muerte es el último enemigo y el arma más
poderosa de todos los enemigos del hombre. El poder de la muerte se
anuncia en el hambre, las enfermedades, la explotación, la marginación,
los asesinatos, la corrupción, los secuestros, las extorsiones, la
violencia, las injusticias y todo cuanto mortifica a los hombres y a los
pueblos. Creer en la resurrección de Jesús es sublevarse ya contra ese
dominio de la muerte.
Por eso, esta mañana saludamos al mundo con el
saludo del resucitado, «No tengan miedo». Y como lo hizo María Magdalena
y la otra María, salimos a comunicar este acontecimiento que viene a
vencer todos nuestros miedos y a confirmarnos en la esperanza de un
mundo mejor.
Llevemos este mensaje a la ciudad, al campo, a la costa, a la montaña, a
la sierra, allí donde se construye la vida, allí donde se alcanza la
felicidad y allí donde se sufre todavía por las consecuencias del pecado
del mundo.
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