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    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    hola buen dia.. deberian regresar al padre armin a tizimin el que esta la verdad que .. sincomentarios solo preguntenle a la gente y en paticular a los que cada año venden velas y trabajan para la iglesia saludos


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    Inicio » 2011 » Abril » 25 » El miedo es no creer que el amor vence siempre
    El miedo es no creer que el amor vence siempre
    10:50 AM
    El miedo es no creer que el amor vence siempre

    «No tengan miedo». Esta expresión la hemos escuchado, seguramente, en distintas circunstancias de la vida. La escuchamos en la niñez cuando nuestros padres o algún familiar nos hicieron sentir su presencia y su fuerza, ante los temores propios de la infancia.

    La escuchamos, también, en la adolescencia o en la juventud, cuando sentimos el temor y la preocupación ante las decisiones que se van tomando en la vida.
     
    Los familiares y amigos así nos han infundido confianza y ánimo, al mismo tiempo que se han solidarizado ante las situaciones que vamos enfrentando. Sin embargo, esta misma expresión pronunciada por los mismos labios de Cristo, en la mañana de resurrección, provoca una experiencia superior de confianza, ánimo y fortaleza.
     
    «No tengan miedo», nos vuelve a decir Jesucristo, porque el miedo es, al fin y al cabo, pensar que el mal, el sufrimiento y la muerte pueden vencer sobre el amor, la fraternidad, la justicia y la paz. El miedo es pensar que Jesús ha fracasado; el miedo es no ser capaces de creer que Jesús ha resucitado. El miedo es no creer que -pase lo que pase- el amor vence siempre, porque el amor es siempre mucho más valioso, más lleno de vida y más prometedor que cualquiera de los éxitos que a veces lamentablemente valoramos tanto. 

    Este es el gran mensaje de la Pascua que conviene que todos de manera personal podamos escuchar. Jesús vive, ha resucitado de entre los muertos. En su sepulcro todo es novedad, todo se transforma y cambia el mundo entero. Las mujeres experimentan el mundo renovado que empieza con Jesús, pues el crucificado no ha quedado aprisionado por las cadenas de la muerte; la piedra del sepulcro no ha podido retener la fuerza infinita de amor que se manifestó sin reservas en la cruz.
     
    El camino intachable de Jesús, su entrega apasionada por los pobres, aquella lucha permanente contra el mal, aquel amor, ¿cómo podría haber quedado encerrado, muerto allí para siempre? La fuerza del amor de Jesús, la fuerza del amor del Padre, vence a la muerte y cambia el mundo. Y por eso el ángel les dice, y Jesús lo repite después: «No tengan miedo». 

    Jesús anima a sus discípulos haciéndoles ver que él ha vencido al mundo. Desde esta perspectiva el mundo oprimido por el pecado, el sufrimiento, las injusticias y la muerte ha sido vencido. Los enemigos del hombre ya no tienen la última palabra, pues Jesús ha resucitado. Ese mundo, dominado por el pecado y por la muerte, se ha acabado y Jesús inicia los nuevos tiempos, los cielos nuevos y la tierra nueva.
     
    La fe en la resurrección de Jesús es la única fuerza que puede disputar a la muerte su dominio. La muerte es el último enemigo y el arma más poderosa de todos los enemigos del hombre. El poder de la muerte se anuncia en el hambre, las enfermedades, la explotación, la marginación, los asesinatos, la corrupción, los secuestros, las extorsiones, la violencia, las injusticias y todo cuanto mortifica a los hombres y a los pueblos. Creer en la resurrección de Jesús es sublevarse ya contra ese dominio de la muerte.

    Por eso, esta mañana saludamos al mundo con el saludo del resucitado, «No tengan miedo». Y como lo hizo María Magdalena y la otra María, salimos a comunicar este acontecimiento que viene a vencer todos nuestros miedos y a confirmarnos en la esperanza de un mundo mejor.
     
    Llevemos este mensaje a la ciudad, al campo, a la costa, a la montaña, a la sierra, allí donde se construye la vida, allí donde se alcanza la felicidad y allí donde se sufre todavía por las consecuencias del pecado del mundo. 



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