
La amistad entre los hombres ha sido siempre un valor muy apreciado por todos los seres humanos. Como dice el libro del Eclesiastés "El amigo fiel es seguro refugio, el que le encuentra, ha encontrado un tesoro”.
Y Jesús, ¿qué tanto apreciaba la amistad? Sorprende mucho en el evangelio de hoy su conmoción profunda hasta las lágrimas ante la muerte de un amigo suyo. Le habían mandado decir las hermanas de Lázaro "Señor, el amigo a quien tanto quieres, está enfermo” Cuando llegó Jesús a Betania y habló con María dice el evangelio que "Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: "¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: "Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: "De veras ¡cuánto lo amaba!”» (Jn 11, 1-45).
Este profundo e intenso sentimiento de Jesús sólo se explica por esa gran amistad tan íntima que tenía con Lázaro y su familia, con quienes pudo convivir muchas veces y en diversas ocasiones les visitaba y se hospedaba con ellos; Lázaro era su mejor amigo. ¿Qué habrá hecho Lázaro para ser el mejor amigo de Jesús?, quizás lo único que hizo fue aceptar su amistad y querer ser su amigo. Lázaro le abrió las puertas de su casa y de su corazón a una amistad inigualable que Jesús les ofrecía. En realidad, para eso vino Cristo al mundo para ofrecernos su amistad y para buscar y encontrar verdaderos amigos que acepten una amistad que nos salva de tantas enfermedades y de la misma muerte, una amistad que resucita. Jesús quiere tener amigos íntimos por eso dijo a sus discípulos: «no les llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes les llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer» (Jn 15, 15).
En el antiguo testamento Dios se muestra como el Creador, el Señor y el legislador supremo pero algo lejano. En el nuevo testamento se manifiesta tan cercano e íntimo como un verdadero amigo. Si se encarna es para estar cerca y en medio de nosotros, porque quiere entrar en nuestra casa y establecer esa extraordinaria amistad con cada uno de nosotros. Él vino a hacer amigos y a salvar a sus amigos. Lázaro se enfermó y Jesús estuvo ahí para él, y también lo está con nosotros en todo momento, «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Apo 3,20) Eso es lo que quiere Jesús, ser nuestro mejor amigo del alma. Para eso y solo para eso toca la puerta. Nos anda buscando.
¿Creemos que cada uno de nosotros es ese amigo a quien Él quiere tanto? ¿Nos tomamos totalmente en serio su amistad? ¿Nos dejamos encontrar? ¿Lo andamos buscando nosotros? Encontrar su amistad es encontrar el tesoro más valioso que podemos poseer. ¿Cómo podremos corresponder a su amistad? «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Los amigos se cuentan todo, comparten todo, se tienen confianza plena y se apoyan mutuamente y Jesús es el amigo íntimo de nuestra alma, viene para darnos la vida eterna. Encontrar la amistad de Cristo es encontrar el tesoro escondido más maravilloso que pudiéramos hallar. Su amistad es única y extraordinaria y la ofrece sin condición; ábrele las puertas de su corazón, sólo Él es el amigo que nunca falla.