La persona consagrada es la que quiere hacer presente a Dios en esta tierra. Es aquella persona que, enamorada de Jesús, busca enamorarse cada día más de Él y compartir este amor con todas las personas. Toda la teología de la vida consagrada se resume en estos deseos. Para llevar a cabo estos deseos cuenta con muchísimos medios como son la profesión religiosa, los votos, una vida espiritual, un cierto tipo de vida guiado por un horario, una forma de vivir la vida consagrada que le viene especificada por el propio carisma, un trabajo característico que conforma la misión.
Podemos afirmar por tanto que su vida se mueve entre el cielo y la tierra. Las personas consagradas, como aspirantes a la santidad ponen toda su vida y sus acciones en los bienes eternos. Benedicto XVI, en su encíclica Spe salvi, explica exhaustivamente el fundamento y el mecanismo de la esperanza cristiana.
Dice Benedicto XVI que la esperanza tiene su fundamento en la concepción de la vida. "La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un Espíritu que en Jesús se ha revelado como Amor.” La vida por tanto obedece a un designio divino y nosotros como personas hemos sido puestos en este mundo no como un capricho o bajo la casualidad, sino como fruto de un designio divino y con una misión muy específica que cumplir. Esta misión, que en muchos casos se identifica con una vocación en la vida, que nace del Padre a través de un especial designio creador, se concreta para la persona consagrada en un estilo de vida muy peculiar que mira la vida y la actúa con características muy peculiares.
Ahora bien, si la vida no es un juego de azar, ni fruto de una casualidad, si estamos aquí con el fin de cumplir con un designio divino, necesitamos encontrar las claves de lectura que nos desvele este misterio. Sería algo chocante a la razón el decir que existe un designio preparado por nosotros, pero que no podemos conocerlo, o que lo conocemos sólo a medias.
Jesucristo ha revelado el misterio de la vida porque Él mismo la ha vivido, ha traspasado el umbral de la muerte y nos ha revelado el verdadero significado de la vida. "Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” (Jn., 10, 10). El significado de la vida lo revela Cristo y además, nos acompaña en el camino de la vida terrena y también en el camino de la vida sobrenatural. "El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su « vara y su cayado me sosiega », de modo que « nada temo » (cf. Sal 23 [22],4), era la nueva « esperanza » que brotaba en la vida de los creyentes.”
Nace por tanto, en los corazones de la vida consagrada y de todos los cristianos, la certeza de que la vida tiene una finalidad precisa. No estamos aquí por casualidad y la vida terrena no se destruye, sino que se transforma, como recuerda uno de los prefacios de la misa de difuntos. La vida por tanto cobra un significado muy especial porque tiene un fin muy específico que es el de llegar a la Patria eterna. Se espera por tanto en una realidad concreta, gracias a la promesa que nos ha hecho Cristo y gracias también al testimonio de su vida y de su muerte que nos muestran claramente aquello que debe ser el porqué de nuestra existencia.
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