
La Ultima Cena y el Lavatorio de Pies, que se celebran el Jueves Santo,
tienen el triple significado de marcar el momento en que Jesús instituye
la Eucaristía, crea también la institución del sacerdocio y da a sus
seguidores el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, que se
manifiesta concretamente en el servicio generoso y desinteresado a los
demás, afirmó el Arzobispo de Yucatán, Emilio Carlos Berlie Belaunzarán.
El prelado encabezó ayer en la tarde esos ritos tradicionales de la
Semana Santa, ante una Catedral llena de feligreses, la gran mayoría
mujeres. El calor de más de 36 grados apenas era mitigado por los
ventiladores dispuestos en todo el templo, pero a los fieles yucatecos,
hijos de una tierra muy cálida, poco les incomodó eso, centrados más en
la devoción del evento religioso.
Las palabras del Evangelio de San Juan que narran la última reunión que
el Salvador tuvo con sus doce discípulos antes de su sacrificio fueron
repetidas como si fueran totalmente nuevas ante los feligreses. Mons.
Berlie Belaunzarán hizo referencia en su homilía a la Primera Lectura
(Éxodo 12, 1-8 y 11-14), sobre la huida de los israelitas de Egipto, y
luego a la Segunda Lectura (Primera Carta de San Pablo a los Corintios,
11, 23-26), donde el Apóstol de los Gentiles exhorta a los primeros
cristianos a tener muy claro el significado de la Eucaristía.
Apartándose del texto que tenía preparado, el Arzobispo subrayó que el
Lavatorio de Pies que se recordaba tiene un doble significado, como
signo de purificación interior, y como reconciliación que precede a la
Eucaristía o Comunión.
"Jesús presenta la cruz como un servicio del amor”, expresó, y citó,
también fuera de texto, un concepto del Papa Benedicto XVI que afirma
que "el sacramento es la actualización del acontecimiento”.
En el cierre de su homilía, el Arzobispo pidió a todos inspirarse en
"ese espíritu de donación y de servicio” que mostró Jesús en la Ultima
Cena y el Lavatorio.
"Recuerdo hermosísimo”
A las 5 de la tarde la Catedral de Mérida está llena de gente. Pocos son
hombres, pero las mujeres son de todas las edades, incluso jovencitas
que llegaron con mucha anticipación para ganar los lugares más cercanos
al presbiterio.
El Arzobispo Berlie entra con nueve acólitos y otros sacerdotes
concelebrantes, incluyendo el maestro de ceremonias, Pbro. Juan Pablo
Moo Garrido, quien supervisa el correcto cumplimiento de todo el rito.
El prelado subraya en sus palabras de bienvenida a todos que en la
ocasión se vive el "recuerdo hermosísimo” de la institución de la
Eucaristía, y subraya que el Lavatorio de Pies debe ser un signo
interiorizado para "pedir y otorgar perdón a fin de lograr un corazón
reconciliado”.
Los feligreses escuchan arrobados el relato de San Juan, en el que Pedro
protesta porque el Maestro, despojado de su manto y con una toalla
ceñida a la cintura, se dispone a lavarle los pies, a él que es un
simple pecador. "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo” en el cielo,
le dice el Rabí. "Entonces no sólo los pies, sino también las manos y la
cabeza”, repone el futuro guía de la naciente Iglesia.
Obispo servidor
Tras su homilía, el jefe de la Iglesia Católica de Yucatán imita a Jesús
y ayudado por sus auxiliares se despoja de las prendas propias de su
rango, se ciñe una manta a la cintura y baja del estrado sobre la cual
está su silla pontifical. Detrás de ésta brilla en latín la frase "Ubi
episcopus, ubi ecclesia” (Aquí está el obispo, aquí está la Iglesia).
Carlos Francisco Sosa Balam, Epifanio Mares Cuá, Luis Cardós Euán,
Benito Haas Mex, Zenaido Garrido Cruz, Humberto Burgos López, Fernando
Medina Yam, Miguel Ángel Ayala Aldana, Jorge Vázquez Haas, Héctor Manuel
Gutiérrez Canto, Ernesto Chi Ek y César Chan Kantún son los doce
adultos mayores que tienen el honor de representar a los doce apóstoles
en el Lavatorio de Pies.
El Arzobispo de Yucatán inicia la tarea con diligencia y besa
pausadamente cada pie derecho tras lavarlo y secarlo.
Los apóstoles visten túnicas de tela corriente de diversos colores
–verde, azul, rojo, naranja, amarillo, beige– y llevan colgado del
cuello con una cinta escarlata la medalla de la Venerable Cofradía del
Santísimo Sacramento, que tiene 272 años de historia. "Los apóstoles son
los mismos cada año; cuando fallece uno, otro hermano de la cofradía lo
sustituye”, informa una de las coordinadoras de la agrupación.
Sabedores del honor que les dispensa el Arzobispo, los apóstoles se han
esmerado y traen sus mejores sandalias, unas aparentemente nuevas. Están
sentados en dos grupos de seis a los lados del presbiterio, en una
tarima cuya elevación le facilita al sacerdote el trabajo del lavatorio.
Mons. Berlie se aplica en la tarea recordatoria de la humildad de Jesús.
Talla con un jabón rosado cada pie derecho metido en la plateada
jofaina y lo enjuaga echándole agua de una jarra también de reluciente
metal. El agua de ésta se acaba, y un acólito la rellena con el líquido
de una discordante cubeta de plástico verde.
Un joven rubio vestido con sencillos pantalón y camiseta, al parecer
extranjero y con chanclas de pata de gallo que no han salvado sus pies
del polvo, sube sudoroso a un costado del presbiterio para tomar fotos
cuando ya el rito ha acabado y el Arzobispo vuelve a su lugar a ponerse
de nuevo las prendas episcopales. Seguramente al joven turista le llama
la atención la devoción que los mexicanos ponen en estos ritos.
Comulgantes y turistas
Luego del Lavatorio, la misa continúa normal. Miembros de la Cofradía
del Santísimo Sacramento traen al altar los cepillos con las limosnas
recolectadas, y llega el punto culminante, el de la consagración del pan
y el vino, y luego la comunión, que imparten el propio Arzobispo y
varios auxiliares, y a la que acuden cientos de feligreses.
Mientras tanto, en el pasillo abierto entre las bancas a pocos metros de
la puerta principal desfilan curiosos varios turistas extranjeros
vestidos de bermudas y camisa de algodón, con cámaras fotográficas
colgadas del hombro.
Con la lectura de las peticiones del pueblo católico, cada una rubricada
con un "Escúchanos, Padre” coral, y la bendición final se cierra la
misa.
Los rayos del Sol en el atardecer entran por el vitral del poniente,
sobre el órgano catedralicio, y llenan de luz al altar y los oficiantes.
Empieza como colofón la Procesión del Santísimo Sacramento, para
depositar éste en el monumento (una capilla) "donde será adorado toda la
noche, en espera del Via Crucis de hoy viernes, en recuerdo de la
vigilia que hizo Jesús en el Monte de los Olivos”, explica el Cngo. José
Antonio Flores Cervera, confesor de la Catedral e integrante del
Cabildo.
Cerca del altar hay un hombre de madura edad, sonriente. Es don Jorge
Alberto Sosa Balam, quien revela que tras cuatro años de sacerdocio –se
ordenó en 1968, "el año de las Olimpíadas de México”– solicitó una
dispensa para casarse, y ahora es orgulloso padre de cuatro hijos, tres
de ellos ya profesionales y una que está estudiando su carrera. "Ese
apóstol es mi hermano”, dice ufano, señalando a don Carlos Francisco.