
Algunas veces es necesario reflexionar, otras veces recurrir a la imaginación, pensar en el tiempo pasado, específicamente en el siglo primero de la era cristiana. Pero para eso primeramente debemos elevar una plegaria y decir con el corazón: "Aquí estoy, Señor; aquí estamos quienes nos hemos dado cita en la falda del Calvario, no estamos por motivo de curiosidad, sino con espíritu de fe, con el mismo sentimiento de tu madre María y del discípulo Juan. Queremos estar cerca de ti, Jesús, para recibir en nuestro corazón, como en un recipiente, los últimos alientos de tu vida; anhelamos recoger con delicado cuidado tus últimas palabras, para llevarlas a nuestro interior como testamento sagrado que ilumine nuestras vidas y haga vibrar nuestra esperanza". Cerremos nuestros ojos, y volemos con la imaginación al año 33 de nuestra era, pero con el corazón sediento de fe. Estamos junto a tu Madre, María, y al discípulo Juan, ellos se acercan a la cruz, en donde estás tú, Cristo; tus ojos infunden amor y te diriges a tu Madre con palabras cariñosas: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dices al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". "Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 25-27).
Contemplamos esa amorosa escena y deseamos recibir esas preciosas palabras como testamento de tu última voluntad, que podemos guardar en lo más profundo de nuestro corazón. San Juan es el único de los apóstoles presente en la muerte de Cristo, es el apóstol que recibe en herencia nada menos que a la Madre de Dios: Jesús, en Juan, ¡nos ha dejado la mejor herencia que es la maternidad de María! Desde entonces tenemos por Madre a la Madre del Salvador, a ¡la siempre Virgen María! Debemos estar dichosos de que tenemos a nuestra Madre, Santa María, madre de la Iglesia y de toda la humanidad.
Pero el significado de tus palabras tiene más profundidad cuando dices, Jesucristo: "Hijo, he ahí a tu madre"; nos estás invitando a que todos seamos al estilo de Juan, el discípulo cercano, el que penetró hondamente el misterio de tu vida, el que disfrutó de tu predilección, el que había cultivado un corazón radicalmente abierto a ti. Nos llamas también a ser tus discípulos y, desde ahora, no podemos realizar el discipulado sin la presencia maternal de María.
Inmediatamente Jesús, como sabía que todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo: "Tengo sed". Había allí un jarro lleno de vino agridulce. Pusieron en una caña una esponja llena de esa bebida y la acercaron a sus labios. Cuando hubo probado el vino, Jesús dijo: "Todo está cumplido". Inclinó la cabeza y entregó su espíritu" (Jn 19, 28-30).
Jesús expresó en la cruz: "Todo está cumplido". Jesús tomó hasta la última gota, la copa de dolor, que el Padre había puesto en sus manos, para que fuera el Salvador que necesitamos. Está cumplida en la tierra la obra del Hijo de Dios. Está cumplida la existencia terrenal de Hijo de Dios, hecho hombre, y de su semilla plantada en la tierra va a surgir el hombre nuevo.
Jesucristo, cuando expresó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", fue una oración a Dios Padre de confianza, de amor y de fe. La confianza en el Padre no sólo fue en el momento de la muerte, sino fue la confianza que depositaste en Él, en toda tu vida, pues siempre hiciste su voluntad. Por la estrecha relación que tienes con tu Padre, eres el único camino hacia Él, el único que en su propia persona muestra al Padre. Por ello nos diste un mandamiento nuevo: "Ámense los unos a los otros, como yo los he amado".
Después el cuerpo de Jesucristo es bajado de la cruz y entregado a los brazos de su madre, María. Nosotros lo contemplamos, salen lágrimas de nuestros ojos, vemos a Jesús inerte, no lloramos de desesperación porque percibimos la fe de nuestra madre María y la del discípulo amado. Ellos nos trasmiten la esperanza de que no todo se ha terminado en el sepulcro. Esperamos con fe la noche y el amanecer más grande de la historia: la Pascua del Señor.