
Hay que ser solidarios con los que sufren, como lo fue Cristo con los enfermos, aseveró ayer Monseñor Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, Arzobispo de Yucatán, durante la misa que ofició ayer en ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo.
El pastor de la iglesia yucateca pidió al Señor que conceda alivio, vida y salud a los enfermos que confían en Él, durante la imposición de manos y unción con el óleo santo a aproximadamente doscientos enfermos que acudieron a la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima.
Acompañado durante la misa por el padre Fernando Sacramento Ávila, párroco del lugar; el vicario Federico Noh, el padre Alejandro Álvarez y el diácono permanente Emilio Torres Arcila, el Arzobispo oró por los enfermos que llegaron al sitio, entre los que predominaban personas de la tercera edad, aunque también había adultos, jóvenes y niños.
Al comentar el Evangelio, Monseñor Berlie dijo que en el Antiguo Testamento se afirmaba que las enfermedades serias eran consecuencia del pecado, como se ve en el libro de Job.
—Los amigos de Job cuando lo vieron tan enfermo, fueron a decirle: acepta tus pecados, porque por eso estás enfermo, para que Dios te cure; pero Job dijo no: yo no estoy enfermo por mis pecados, porque yo no he pecado, estoy enfermo porque Dios así lo quiso y lo permitió.
Entonces el libro de Job nos permite comprender una tesis muy importante que es una tesis cristiana: Dios puede, a veces, permitir la enfermedad como consecuencia del pecado, pero puede, a veces, permitir la enfermedad como prueba de fidelidad.
De manera que la tesis del Antiguo Testamento de pecado igual a enfermedad no la aceptamos nosotros; nosotros aceptamos la tesis del libro de Job: puede ser que a veces haya pecado y por eso hay enfermedad, pero puede haber enfermedad que no sea consecuencia del pecado, sino prueba de fidelidad a Dios.
Recordó que en el Levítico se refleja esa mentalidad en la que el leproso debía vestir de manera determinada, anunciar su enfermedad, vivir aislado, fuera del campamento.
—Imagínense que además del sufrimiento de la enfermedad, había una crueldad social tremenda, apuntó monseñor Berlie.
—Era una situación pavorosa, sumamente humillante, triste y dolorosa; es cierto que desde el punto de vista bíblico hay una analogía entre la lepra y el pecado; o sea, así como la lepra carcome y deteriora la piel, haciendo que la carne se desgaje y se desprenda, pues algo parecido es lo que hace el pecado con el espíritu, el alma y con el bien: destruye la relación del hombre con Dios, resaltó.
—En la segunda lectura tomada de 1ra.de Corintios, San Pablo está dando una orientación muy importante a sus fieles: ustedes saben que el imperio Romano tenía formas de probar quiénes eran cristianos. Había dos formas: una era ofrecer incienso a los ídolos y otra comer de la carne sacrificada a los ídolos; entonces San Pablo les da un criterio a los del siglo primero, les dice: de por sí, el comer la carne sacrificada a los ídolos nada tiene que ver, porque lo que cuenta no es lo que entra en el hombre, sino, como lo dijo Cristo, lo que sale del corazón, eso es lo peligroso, no la carne.
Sin embargo, dice San Pablo, pero si el que tú comas carne sacrificada a los ídolos, que no tiene nada que ver, pero que sin embargo eso escandaliza a tu hermano, en razón de la debilidad de tu hermano no comas la carne sacrificada a los ídolos, no en razón de que haya algo que lo prohíba.
El hecho de que San Pablo aconseje no escandalizar a los débiles es para no dar ocasión y excusa para que los puedan confirmar en su mala conducta; por eso dice el dicho mexicano: no hagan nada malo que parezca bueno, ni bueno que parezca malo; hay que hacer el bien y no las apariencias de éste.
Nuestro Señor dice en el Evangelio que aquel pobre leproso traspasó las reglas ordinarias de lejanía y se acercó a Jesús en su confiada petición; dicen las sagradas escrituras que Cristo sintió compasión, lo cual es una hermosa virtud que significa: padezco, siento, soy sensible juntamente contigo.
Decía San Agustín que si Jesús hacia milagros, no era tan sólo en vista a los mismos milagros, sino con el objetivo de que aquello maravilloso para el que lo viera, fuera también motivo para que se comprendiera, que ayude a comprender la realidad más profunda del milagro.
O sea, Cristo no quiere quedarse únicamente en la idea popular de que es el que hace milagros, maravillas, porque sólo lo van a seguir por el interés del milagro; Cristo quería dar a entender: sí es cierto que hago milagros, pero mi presencia va mucho más allá de los milagros que ven que yo hago.
Yo vengo no sólo como taumaturgo, no solamente como el que hace milagros, sino vengo a revelar lo que mi Padre me ha dado a que revele y vengo a restaurar a través de la redención en la cruz, porque son las dos "R” muy relacionadas con Cristo, redime y revela que va mucho más allá de hacer un milagro.
Cristo quería esa pedagogía: a través del milagro, que si se ve, se comprenda el misterio de Cristo, que no se ve, lo cual dice San Agustín. La compasión de Cristo está muy en sintonía con toda la Biblia que dice: Dios no quiere la destrucción de los vivientes. La vida de cada persona será pues una lucha permanente con dos cosas muy importantes para ser bueno y hacer el bien.
Pidamos al Señor que este milagro de la curación del leproso nos lleve como nos pide San Agustín, que a través de la curación del leproso, comprender el mensaje del encuentro personal con Jesucristo, y ese encuentro nos debe llevar al proceso de interiorización, imitación e identificación con Cristo.
Indicó que por disposición del santo Padre Benedicto XVI este año se quiere poner el acento en los sacramentos de curación, es decir, en el sacramento de penitencia, reconciliación y en la de unción de los enfermos que culmina de manera natural en la comunión eucarística.
El encuentro de Jesús con los diez leprosos descrito en Lucas y las palabras que el Señor dirige a uno de ellos, "Levántate, vete; tu fe te ha salvado”, ayuda a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes agobiados por el sufrimiento y la enfermedad se acerca al Señor.
El que cree en Dios no estará nunca solo; también el Papa subraya la gratitud de aquel leproso que, a diferencia de los otros, al verse sanado volvió a Jesús lleno de asombro y alegría para manifestarle su reconocimiento, es signo de la salvación que Dios nos da a través de Cristo y que se expresó en las palabras de Jesús: "Tu fe te ha salvado”.
También nuestro Señor ha demostrado, dice el Papa, cómo Jesús tiene una particular predilección por los enfermos: no solamente envió a sus discípulos a curar las heridas, sino que también instituyó para ellos un sacramento específico: el de la unción de los enfermos.
Con la unción de los enfermos acompañada con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que les alivie sus penas y los salve; es más, les exhorta a unirse espiritualmente a la pasión y muerte de Jesucristo; este sacramento les lleva a contemplar el doble misterio del monte de los olivos donde Jesús dramáticamente encuentra la vía que le indicaba el Padre de la Pasión en el supremo acto de su amor.
Pero el huerto de los olivos es el lugar en el cual ascendió al Padre y, por tanto, no sólo es el lugar de la aceptación del dolor, sino de la redención. Este sacramento, dice el Papa, merece una mayor valorización, valorizando el contenido de la oración litúrgica que se adaptan a las diferentes situaciones humanas unidas a la enfermedad que no solamente se administra cuando ha llegado el final de la vida.
El tema, pues, de este mensaje de la XX Jornada Mundial del Enfermo es ese: "Levántate, vete, tu fe te ha salvado”. A todos los que trabajan en el mundo de la salud como a todos que en sus familias ven el rostro sufriente del Señor, renuevo mi valoración y agradecimiento de la Iglesia porque con su competencia, profesión y tantas veces con su silencio sin hablar de Cristo lo manifiestan, a María Madre de la misericordia y salud de los enfermos dirijámonos confiados nuestra mirada y oración.
Su materna compasión vivida junto al hijo agonizante de la cruz, acompañe y sostenga la esperanza de cada persona enferma y que sufre en el camino de la curación de las heridas del cuerpo y del espíritu.
—Les aseguro, dice el Papa, mi recuerdo en la oración mientras imparto a cada uno una especial bendición apostólica, concluyó Monseñor Berlie.
fuente:
http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=1&idTitulo=147586