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    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    Señor: Me uno a ti, con todos los sufrimientos de la Cruz

    hola buen dia.. deberian regresar al padre armin a tizimin el que esta la verdad que .. sincomentarios solo preguntenle a la gente y en paticular a los que cada año venden velas y trabajan para la iglesia saludos


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    Homilía de Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, Encuentro con 50 mil jóvenes unidos por la Paz
    10:12 AM
    La tarde del día de su resurrección, Jesús, apareciéndose a los discípulos, "sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 22), el mismo Espíritu que con toda su fuerza se posó luego sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, cuando "un ruido del cielo, como el de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno” (2, 2-3).

    De esta manera, el Espíritu Santo prometido en precedencia por Jesús renovó interiormente a los Apóstoles, revistiéndolos de una fuerza que los hizoaudaces para anunciar sin miedo, que efectivamente "¡Cristo ha muerto y ha resucitado!”.

    Libres de temores comenzaron a hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31). De hombres timoratos se convirtieron en mensajeros valientes del Evangelio. Ni siquiera sus enemigos lograron entender cómo hombres "sin instrucción ni cultura” (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar contrariedades, sufrimientos y persecuciones con alegría. Nada podía detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respondían: "Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Así nació la Iglesia, que desde el día de Pentecostés no ha cesado de proclamar la Buena Nueva a todos los hombres y por todos "los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

     A esta misión Jesús mismo había preparado a los Once apareciéndoseles en varias ocasiones luego de su resurrección (cf. Hch 1, 3), y ordenándoles, antes de su ascensión al cielo, "que no se ausentaran de Jerusalén, sino que  aguardaran  la Promesa del Padre" (cf. Hch 1, 4-5); es decir, les pidió que  permanecieran juntos disponiéndose a recibir  el don del  Espíritu Santo. Y ellos, junto con María, la Madre del Señor, estuvieron en  el Cenáculo en espera de ese acontecimiento prometido, haciendo oración (cf. Hch 1, 14).

    Fue ciertamente el amor y la confianza en Jesús lo que convenció a los apóstoles a mantenerse reunidos y a esperar en el cenáculo, junto con la Virgen María, el don del Espíritu Santo. Pero no lo hicieron con la actitud de quien no comprendía o de quien no encontraba el sentido; lo hicieron juntos, en común unión, unidos en la oración (cf. Hch 1, 14).

    Queridas hermanas y hermanos: Ya desde sus orígenes, Dios Creador ha querido que entre las personas humanas reine la unidad. Jesús, a su vez, repetidamente pidió la unidad de sus discípulos. Unidad de la creación y unidad de la Iglesia, cuya alma es el mismo Espíritu, que no pocas veces se han sentido heridas cuando las relaciones sociales se rompen, o el espíritu humano se encuentra casi aplastado. De hecho, la sociedad contemporánea pasa hoy por un proceso de fragmentación a causa de su visión reducida que descuida completamente el horizonte de la verdad sobre Dios y sobre la persona humana; visión que está también a la base de múltiples formas de violencia e injusticia.

    Nosotros mismos somos testigos de cómo la injusticia y la violencia, lejos de disminuir, han ido marcando cada vez más las relaciones entre las personas y entre los pueblos. En muchas zonas del planeta no sólo se mantienen viejos conflictos armados, sino que surgen otros nuevos a los que se han añadido formas diversas de terrorismo y de violencia que han terriblemente trastornado la vida social e incluso familiar. A su vez, la permanencia crónica de las injusticias, de las desigualdades sociales, de las discriminaciones e incluso de las persecuciones por motivos culturales, religiosos y de otro tipo, son fuente constante de conflictos.

    En medio de esta situación, que también nos toca muy de cerca, nosotros, discípulos misioneros de Jesús, no podemos permanecer indiferentes. De frente a ella tenemos todos una grande y grave responsabilidad, por la cual nos debemos sentir impulsados a trabajar por la paz en todos los modos posibles, ante todo, dejándonos iluminar por el Espíritu de Dios, dejándonos guiar por la verdad encarnada en el Hijo de Dios, y orando perseverantemente por la paz.

    Sí: orar. Porque los discípulos de Jesús podremos ser "constructores de la paz" sólo si somos capaces de trabajar y de orar "para que en una humanidad dividida por las guerras, las enemistades y las discordias, los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen el común entendimiento”.

    Orar, queridas hermanas y hermanos. Es precisamente este el objetivo que nos ha convocado hoy aquí y lo que deseamos hacer desde el gozo que nos embarga a todos al celebrar la fiesta de la Divina Misericordia y la Jornada de Beatificación del Santo Padre Juan Pablo II. Queremos, a semejanza de los primeros discípulos, orar. Queremos hacerlo unidos a María, Reina de la Paz, y a nuestro amado Juan Pablo II, suplicándoles nos ayuden a alcanzar del Padre la abundancia de la Infinita Misericordia Divina, capaz de tocar y transformar los corazones de los hombres y de las mujeres de nuestro mundo, fuerza amorosa que puede impulsarnos a trabajar incansablemente por la paz y por la concordia entre todos los hombres.

    Lamentablemente, la violencia sigue seduciendo a muchos que a través de ella quieren ver realizados sus proyectos de poder, dinero y dominación; de quienes se niegan a optar por la paz para solucionar los problemas familiares, sociales o políticos. La injusticia, el crimen, las tensiones, las ideologías intolerantes, la presencia misma de la violencia, tienen tintes específicos. La injusticia social que mantiene en la pobreza a millones, las ideologías totalitarias y agresivas sostenidas por grupos minoritarios, la pérdida de ideales y de valores éticos socialmente compartidos, y la persistencia del terrorismo inhumano y cruel,  son sólo algunas de las tantas dificultades con que hoy nos tropezamos. Y perdidos en una sociedad donde se infringen habitualmente los criterios morales del respeto a la vida y de la convivencia, los hombres y las naciones sufren una crisis de verdad, de confianza y de sentido.

    En efecto, esta situación provoca en muchos la sensación de que no hay posibilidades de solución para caminar hacia una sociedad nueva, más justa y solidaria. Por ello, no tiene nada de extraño, -aunque resulte doloroso-, constatar que muchos hombres y mujeres se dejen llevar por el desencanto y lleguen a la conclusión de que la situación de la "no paz”, es algo inevitable. Ustedes jóvenes, en particular, no pocas veces se sienten angustiados al prever, en base al presente, un futuro cargado de dificultades y de amenazas, frente al cual no saben qué pueden o qué deben hacer.

    Ante este panorama, queridos amigos y amigas, es bueno que también nosotros, con el optimismo del Santo Padre Juan Pablo II, creamos que "todo esto puede y debe ser cambiado” (JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 4); que la paz no es un ideal utópico, y que los cristianos podemos y debemos hacer mucho por la paz en todas sus facetas, precisamente porque es en el Evangelio y en la vida de la Iglesia que encontramos "nobles razones, más aún, motivos de inspiración para realizar cualquier esfuerzo que pueda dar paz verdadera al mundo de hoy” (JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1986, 6).

    A partir de la iluminación que nos viene de la revelación de Dios, de la tradición de la Iglesia y de las insistentes enseñanzas de los últimos Papas, los discípulos y misioneros de Jesús debemos trabajar por la paz, asumir con simpatía y discernimiento las aspiraciones de paz de los diversos grupos humanos, denunciar evangélicamente las raíces de la violencia, e impulsar todo aquello que favorezca la armonía entre los hombres y las naciones.

    El Espíritu Santo es la fuerza de Dios que da la vida a toda la creación y es la fuente de vida nueva y abundante en Cristo. Él, Fiel a su naturaleza de dador y de don a la vez, es quien actúa para hacer que el amor unificador sea nuestra medida, el amor duradero nuestro desafío y el amor que se entrega nuestra misión. Así, cuanto más nos dejemos poseer y guiar por el Espíritu, tanto mayor y eficaz será nuestra contribución a favor de la paz.

    Invoquemos confiadamente esta tarde, queridas hermanas y hermanos, al Espíritu Misericordioso de Dios, autor de las obras de Dios. Permitamos que sus dones nos moldeen para que con la Iglesia y como Iglesia sepamos compartir las más profundas aspiraciones de toda la humanidad, siendo constructores y testigos de la verdadera paz.

    Que la sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad, dones del Espíritu, sean los signos de su grandeza. Amen mucho, queridos jóvenes, la palabra de Dios y amen a la Iglesia. Meditando asiduamente la palabra de Dios, dejen que el Espíritu Santo les ayude a descubrir que el pensar de Dios no es el de los hombres; dejen que él los conduzca a la contemplación del  Dios verdadero para aprender a leer los acontecimientos de la historia con sus ojos y gustar la alegría que nace de la verdad.

    Y encomendémonos a nuestro amado Beato Juan Pablo II. Él que supo amar a la persona humana en toda su integridad; que quiso y supo defender la dignidad y los derechos humanos; que supo tutelar y promover el auténtico amor humano y el valor y dignidad de la familia; que supo amar y desde ahí mostrar su honda preocupación por la humanidad amenazada, misma que lo llevó a emprender una incansable acción para evitar las guerras y restablecer la paz, interceda ante Dios Misericordioso a favor de todos ustedes, de todos sus seres queridos y de todo México.

    Que Él, en unión con Santa María, la Madre amada, nos obtenga la gracia de saber acoger la palabra de Dios, a conservarla y a meditarla en nuestros corazones (cfr. Lc 2,19). Nos aliente a decir nuestro propio "sí” al Señor, viviendo la "obediencia de la fe”. Nos ayude a ser promotores y constructores de la verdadera paz y a permanecer firmes en la fe, constantes en la esperanza, perseverantes en la caridad y siempre dóciles a la voluntad de Dios.

    Así sea.

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