hola buen dia.. deberian regresar al padre armin a tizimin el que esta la verdad que .. sincomentarios solo preguntenle a la gente y en paticular a los que cada año venden velas y trabajan para la iglesia saludos
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Homilía de Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, Universidad Anáhuac, Próxima Beatificación de S.S. Juan Pablo II
8:51 AM
Homilía de Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, Universidad Anáhuac, Próxima Beatificación de S.S. Juan Pablo II
Queridas hermanas y hermanos en el Señor,
Imagino, y por supuesto comparto el entusiasmo con el que cada uno de ustedes ha recibido el anuncio de la próxima Beatificación del amado Juan Pablo II, que tendrá lugar el 1 de mayo, fiesta de la Divina Misericordia. Por ello: "¡Estamos felices!”, ha dicho el Papa Benedicto XVI (Angelus,16.01.2011).
Nos unimos a la alegría del Santo Padre y de toda la Iglesia dando gracias a Dios por el don de la persona del gran Pontífice, de su testimonio, de su pasión misionera. Cuántos, viendo la humanidad de Juan Pablo II que brotaba y se cimentaba en la fe profunda y personal con Cristo, lograron regocijarse con el optimismo de ser cristianos. Porque, en efecto, en él hemos podido reconocer al hombre marcado por la fe; al hombre en el cual se puso de manifiesto el método elegido por Dios para comunicarse con el hombre: el encuentro humano que hace fascinante y persuasiva la fe.
Todos –no obstante los siempre presentes y obstinados enemigos de Cristo-, somos conscientes de la importancia de su pontificado para la vida de la Iglesia y de la humanidad. En un momento particularmente difícil, con una fuerza y con una valentía que sólo puede tener su origen en Dios, supo mostrar al mundo lo que significa ser hombre y ser cristiano hoy, poniendo de manifiesto que una fe vivida integralmente es decisiva para el bien común.
¿Cuál fue la razón por la cual a lo largo y a la ancho del mundo las multitudes, aún con motivo de su funeral, se movilizaron ante la presencia de Juan Pablo II?
Acabamos de escuchar el Evangelio que nos da la razón de la grandeza de la Gran Mujer tanto amada por Juan Pablo II: María. Él mismo, en una de sus homilías decía: "¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”. "¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Con estas palabras inspiradas, (…Isabel) tributó a María la primera bienaventuranza del Nuevo Testamento: la bienaventuranza de la fe de María: "Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. (…) María es "la que ha creído”. Es la creyente por excelencia, que ha dado su consentimiento a las palabras del Ángel y a la elección del Señor. En esta narración evangélica se nos desvela el misterio de la fe de María” (J. Pablo II, Homilía, Basílica de Covadonga, IV Jornada Mundial de la Juventud).
¡Sí!, queridos hermanos y hermanas. No creo equivocarme al afirmar que, a la base, lo que ayer y hoy ha logrado movilizar a las multitudes en torno a Juan Pablo II, ha sido su fe: "Dichoso tú, que has creído”.
Mons. Stanislaw Dziwisz, hoy cardenal, en su homilía Łagiewniki, el 16 de octubre de 2005, lo decía de esta manera: "Cuando me preguntan cuál era su fuerza y su profundo secreto, no encuentro otra respuesta que ésta: fue la oración y la unión con Dios. Desde su juventud, y luego durante toda su vida de sacerdote, como obispo y como papa vivió inmerso en Dios, en Él buscaba las soluciones y los programas de su pontificado. Ello le daba fuerza y paz”.
¡En efecto!, Si queremos encontrar la razón del enorme carisma de Juan Pablo II, deberemos contemplar y tener presente esa característica suya como hombre de intensa vida de fe y de oración; hombre que supo hacer de su vida, una vida de unión íntima con Cristo, una vida en oración.
El 1º de mayo, la Iglesia reconocerá oficialmente que Juan Pablo II dio un testimonio eminente y ejemplar de vida cristiana, y que es un amigo que con su intercesión ayuda y ayudará al pueblo creyente en su camino hacia Dios. Lo extraordinario, sin embargo, no han sido ante todo las obras de Juan Pablo II que ciertamente no pueden no haber llamado nuestra atención, sino su fuente espiritual, su fe, su esperanza, su caridad. Es desde ahí que es posible admirar sus obras, porque son expresión de la profundidad y autenticidad de su relación con Dios, de su amor por Cristo y por las personas, de su tierna y filial relación con la Madre de Jesús.
Cuantas veces, tal vez sin mucho fijarnos, a través de la televisión nos fueron compartidos muchos de sus momentos privados, arrodillado, en clara actitud de oración, en pleno contacto con Dios, vaciándose de sí mismo, dejando espacio para que el espíritu lo llenara, para luego, ponerse de pie con renovada energía, lanzándose a la acción.
Lo recordamos en su profundo recogimiento en oración, en su deseo de celebrar y anunciar incansablemente a Jesús redentor y salvador del hombre, de presentarlo y darlos a los jóvenes de todo el mundo, de hacerlo sentir cercano a los enfermos y sufrientes. Su vida y su pontificado fueron recorridos con la pasión de presentar al mundo entero lo que él vivió, la consoladora y entusiasmante grandeza de la misericordia de Dios.
Oraba siempre y en todo lugar, y de tal modo que, como afirmó alguno de sus colaboradores, cuando Juan Pablo II estaba inmerso en su oración personal, parecía una roca inconmovible.
He ahí su secreto. He ahí la razón de su carisma. He ahí el motivo por el cual Juan Pablo II fue lo que era y lo que ahora es. Aunque sabía que era observado por el mundo, su actitud constante fue abrir todo su corazón a las insinuaciones o exigencias que venían directamente de Dios. Juan Pablo II fue lo que fue, porque oraba, dando así, sin siquiera pretenderlo, lugar a que el Espíritu Santo soplara, a que el Espíritu Santo convocara, a que el Espíritu Santo se hiciera presente sobre la muchedumbre del mundo a través de su presencia y palabra.
Por eso su espiritualidad era atrayente. Tanto si sufría como si reía, estar con Dios era su gran pasión, la más intensa prioridad y, al mismo tiempo la cosa más natural del mundo. En él se hacía evidente que Dios es La Persona a quien creer, en quien esperar y con quien vivir una vida de amor intenso, fiel y total a lo largo de toda la existencia. La Persona a quien se puede confiar la propia existencia. La Persona con la que era posible hablar personalmente y a la que se podía decir incluso, si era necesario, al igual que hiciera María: "¿cómo será eso?”. En él fue siempre evidente que la piedra angular del edificio de su santidad de vida, era la vida ordinaria completamente injertada en Dios e intensamente marcada por la presencia de Dios.
Su amor a Jesús lo manifestaba especialmente cada día en la celebración de la misa. Él mismo lo decía: "Nada tiene para mí mayor sentido ni me da mayor alegría que celebrar la misa todos los días. Ha sido así desde el mismo día de mi ordenación sacerdotal” (USA, 14.9.1987). "Para mí, el momento más importante y sagrado de cada día es la celebración de la Eucaristía. Jamás he dejado la celebración del santísimo sacrificio. La santa misa es el centro de toda mi vida y de cada día” (27.10.1995). "Desde los primeros años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía ha sido, no sólo el deber más sagrado, sino sobre todo la necesidad más profunda del alma... El misterio eucarístico es el corazón palpitante de la Iglesia y de la vida sacerdotal”.
"En la raíz de su incansable acción apostólica está claramente la intensidad y la profundidad de la oración” decía el cardenal Camilo Ruini, recordando lo que Juan Pablo II mismo había dicho: "La oración, que es expresión en distintos modos de la relación del hombre con el Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo” (28.6.2005). "En él, -dirá el mismo cardenal al conmemorar el 30º de la elección de Juan Pablo II -, "la oración y la acción estaban íntimamente conectadas: era un hombre que vivía de cara a Dios y que actuaba tratando siempre de interpretar la voluntad de Dios”. Por su parte, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, en su emotiva homilía del funeral afirmaba que: "el amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo enraizamiento en Cristo pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: Ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal”.
En Juan Pablo II, toda su vida fue una continua oración. Era un hombre de oración. Se había consagrado a Jesús por María. Su vida era de Jesús y de María para servir a la Iglesia y a todos los hombres. ¡Cuánto amaba a Jesús y a María! Un detalle nos lo cuenta su médico personal, el doctor Renato Buzzonetti: El día del atentado (13.5.1981), en la ambulancia que lo llevaba al hospital, el Santo Padre daba ligeros gemidos e invocaba sin interrupción: ¡Jesús, María, Madre Mía! Y las primeras palabras que dijo públicamente después de la operación, a raíz del atentado, fueron éstas: "En unión con Cristo, sacerdote y víctima, ofrezco mis sufrimientos por la Iglesia y el mundo. Y a ti, Virgen María, te repito: Totus tuus ego sum”.
Muy queridas hermanas y hermanos: al escuchar el Evangelio proclamado hace unos momentos, mirando en su contexto la persona de Juan Pablo II, al también poeta que, a semejanza de María nos ha dejado preciosos himnos al Amor compuestos por súplicas, plegarias y meditaciones (el Magnificat, la Canción sobre el Dios oculto, El Cántico al esplendor del agua, La Madre, La Iglesia, la Peregrinación a los Santos Lugares, las Meditaciones), podemos en cierto modo también poner hoy en sus labios, haciéndola suya, la alabanza que espontánea brotó del corazón de la Mujer Bendita entre todas las mujeres: Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su siervo.
Que él, Juan Pablo II, el gran devoto y predilecto hijo de María, el hombre de Dios que supo amar a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo sin excepción, interceda por nosotros y nos ayude a llevar una vida llena de Dios, de verdad y de amor, de coherencia y de oración, hoy y siempre.
Así sea.
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