
El venerable Cabildo de esta S.I. Catedral:
Estimado padre Roberto Cuéllar, Rector de este templo:
Estimadas religiosas:
Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:
Hoy empezamos la Cuaresma, es decir, empieza el ciclo pascual de la
Iglesia. El centro es el misterio de la Pasión, la Muerte y la
Resurrección del Señor: Cuarenta días de preparación y después cincuenta
días de celebración de la Pascua salvadora de Jesucristo y de la
presencia de su Espíritu en la Iglesia y en el mundo. Es el tiempo
fuerte de la comunidad cristiana.
El camino de Jesús hasta la muerte y la resurrección no es sólo motivo
de admiración. Es El la cabeza de la Iglesia que llama a todo el mundo a
seguirlo, a morir y a resucitar con El. Más aún. El es el Primogénito
de toda creatura que, amando y dándose, ha rehecho el camino errado de
Adán y ha abierto el camino de la vida para la humanidad entera, llamada
a participar de su Pascua. Las comunidades cristianas nos preparamos
otro año para celebrar el misterio de la vida nueva que Dios abre en
Jesucristo a toda la humanidad, de todas partes y de todos los tiempos.
Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a
celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de
todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos
guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos
evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro
especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del
camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la
perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está
bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de
Cristo y en la entrega más plena a él.
La Iglesia, en su lucha para "vencer al espíritu del mal” (colecta) nos
propone dos miradas. Una es sobre el camino de Jesús, evocado el primer
domingo con el relato de las tentaciones. Otra es sobre nuestro propio
camino. La Cuaresma es una llamada constante a hacernos cargo de la
distancia que hay entre el camino de Jesús, fiel, sencillo, amoroso,
generoso hasta la muerte, y nuestra vida, la de la humanidad, la de las
comunidades cristianas, la personal de cada uno. Es una llamada a
reconocer nuestro pecado, no sólo a constatar el pecado de los demás,
cosa a la que estamos tan habituados; es decir, reconocer nuestras
limitaciones.
La Cuaresma es una llamada a arrepentirnos y a convertirnos al Dios del
Amor y el Perdón, que ha hecho su obra en Jesucristo. Es un tiempo
favorable para la reconciliación (2° Lectura).
La Iglesia nos propone los tres gestos tradicionales: la oración, el
ayuno y la limosna. Son los signos de la conversión en los tres ámbitos
de nuestra vida. La oración, momento tranquilo de nuestra comunión con
Dios, para escuchar su Palabra y para expresar nuestra confianza, en un
mundo que ignora la oración y parece olvidarse de Dios. El ayuno,
esfuerzo de austeridad personal en la comida, en los gastos, en la
ostentación exterior en un clima social tan inclinado a valorar la
riqueza y la sensualidad. La limosna, signo de la generosidad hacia los
demás, especialmente a los más necesitados.
"En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular
abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para
vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de
oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro
corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo.
La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo:
de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia,
simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro.
En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer
que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima
comunión con Él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos
abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna”. (Mensaje de S.S.
Benedicto XVI para la Cuaresma 2011)
La imposición de la ceniza es el signo característico de hoy. La ceniza
simboliza todo el programa cuaresmal de la Iglesia. Es el reconocimiento
de nuestro pecado y nuestra debilidad: "Acuérdate de que eres polvo…”.
Es el signo de nuestro arrepentimiento y de nuestro camino de conversión
renovado: "Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.
En síntesis, "el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a
contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su
muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de
nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo,
como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra
existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo,
superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la
caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para
reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida,
la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con
decisión hacia Cristo”. (Mensaje de S.S. Benedicto XVI para la Cuaresma
2011)
Que María Santísima Madre de Jesucristo y Madre nuestra nos acompañe en el camino Cuaresmal hacia la Pascua gloriosa de su Hijo.
+ Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán