
Con la asistencia de varios miles de yucatecos procedentes de diferentes parroquias de Mérida, anoche se ofició una misa para celebrar la beatificación de Juan Pablo II en el mismo lugar donde hace 18 años se reunió con casi un millón de fieles de México en la capital yucateca.
Durante la ceremonia al aire libre en Xoclán, el arzobispo de Yucatán, monseñor Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, recordó que en el segundo domingo de Pascua se celebran la fiesta de San José Obrero y El Señor de la Divina Misericordia, y también que la iglesia ubicada en el fraccionamiento Las Américas llevará el nombre del nuevo beato, a petición de los fieles.
El Arzobispo concelebró con monseñor Joaquín Vázquez Ávila, vicario general de la Arquidiócesis; el presbítero Justo Ceballos Uc, párroco de San Pedro Apóstol, ubicado en el fraccionamiento Juan Pablo II, y una veintena más de sacerdotes.
A la ceremonia asistieron la alcaldesa Angélica Araujo Lara y Marco Antonio González Canto, subsecretario de Asuntos Religiosos del gobierno del Estado. Armonizaron la misa el Coro de la Ciudad, bajo la dirección de Nidia Góngora Cervera, y la Orquesta de Cámara del Ayuntamiento, que dirige el maestro José Luis Chan Sabido, que interpretó la Misa en Sol Mayor de Schubert, Panis Angelicus y los Aleluyas de Mozart y Haendel.
Participaron también la marimba Lira de Pichucalco y la cantante Concepción Garma.
Bajo el altar se instaló una pantalla gigante en la que se transmitieron los detalles de la ceremonia. En la homilía, monseñor Berlie Belaunzarán destacó, entre otras cosas, la incansable vocación misionera de Juan Pablo II y su admiración por el pueblo de México.
Dijo que el travesaño vertical de la cruz simboliza el amor a Dios y el horizontal, el amor al prójimo, "y para ser coherentes con ese amor hay que participar en el sacrificio de la Cruz".
Cristo, agregó, fue el primer misionero del mundo, el apóstol y sumo sacerdote de la fe. "Este lugar se llena de luz al recordar que hace 18 años Juan Pablo II celebró una misa en este sitio, lo vimos casi un millón de fieles".
En 1999 el Santo Padre decía que, a pesar de las limitaciones de su edad conservaba el gusto por la vida, "es hermoso gastarse hasta el final en el amor de Dios". "Él, a la manera de San Pablo, se gastó y se desgastó por el Evangelio. Decía que la muerte era el paso de un puente desde la vida hasta la vida".
Juan Pablo II, subrayó, vivió según la ley de Cristo y dejó además la universalidad de la evangelización, pues pensaba que todos los hombres merecían escuchar la buena nueva del amor de Dios. "Juan Pablo II fue un hombre crucificado, pues experimentó de diversas maneras el sufrimiento humano, y es loable que estas experiencias dolorosas no le hayan dejado huellas deprimentes, pues se ve que esos vacíos los llenó con su amor a Dios y a la Virgen, de quien se declaró todo suyo".