
Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús” Mt 17, 1-2
En este tiempo que la Iglesia vive un tiempo propicio de preparación a la Pascua, aparece de manera contundente que aparte de la oración y el ayuno, debe expresarse la caridad (Cfr. Mt 6). Vuelve nuestra reflexión para atender a este elemento que, dignifica al ser humano, tanto a quien lo recibe, como quien lo ofrece: la caridad.
Esta caridad debe resplandecer, no como algo abstracto sino que debe tener un rostro, el rostro del que necesita, el rostro de quien, no solo ofrece, sino se ofrece en misericordia.
Muy apropósito hemos venido retomando fragmento de la Encíclica Dios es amor (Deus caritas est). De este modo nos vamos acercando a plasmar el amor o la caridad en nuestra vida cotidiana. En el cristianismo, estamos llamados a vivir dicha caridad con verdadero convencimiento. El Papa nos lo ha recalcado: "la fuerza del cristianismo se extiende mucho más allá de las fronteras de la fe cristiana. Por tanto, es muy importante que la actividad caritativa de la Iglesia mantenga todo su esplendor y no se diluya en una organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes. Pero, ¿cuáles son los elementos que constituyen la esencia de la caridad cristiana y eclesial? "
La pregunta última, quiere abarcar, precisamente la realidad, ¿hasta dónde debe brillar y resplandecer esta caridad? No hay límites, en el sentido de que donde quiera que haya un ser humano, una expresión del amor creador de Dios, hasta ahí debe alcanzar la luz irradiadora del amor. Y la Iglesia debe ser consciente de esto. Aun cuando le tachen con ideologías reduccionistas.
El Papa sigue afirmando: "la caridad cristiana es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados, etc. Las organizaciones caritativas de la Iglesia, comenzando por Cáritas (diocesana, nacional, internacional), han de hacer lo posible para poner a disposición los medios necesarios y, sobre todo, los hombres y mujeres que desempeñan estos cometidos. Por lo que se refiere al servicio que se ofrece a los que sufren, es preciso que sean competentes profesionalmente: quienes prestan ayuda han de ser formados de manera que sepan hacer lo más apropiado y de la manera más adecuada, asumiendo el compromiso de que se continúe después las atenciones necesarias. Un primer requisito fundamental es la competencia profesional, pero por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, y los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial. Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad. Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una « formación del corazón »: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad (cf. Ga 5, 6)”.
Por otro lado, la caridad no es solo obligación de la Iglesia, sino de todo ser humano que de una u otra manera debe salir de sí mismo para reconocer la valía en el otro. Sin embargo, la caridad debe brillar en los corazones y la vida de todos. En este sentido el egoísmo no permitirá que salgamos de nosotros mismos para contemplar la grandeza de Dios y la riqueza espiritual de los demás. Por eso dejemos que la caridad resplandezca siempre en la práctica de las obras de misericordia. La caridad debe realizarse con calidad profesional y con grande humanismo.