Se empezaría con unas simples preguntas : ¿Qué entiende usted
por comunicación? ¿Qué lugar ocupa la comunicación en su vida? ¿Qué
lugar ocupa la comunicación en su misión pastoral? ¿Qué lugar ocupa la
comunicación en el Seminario Mayor? Si su respuesta ha sido: no tenemos
mayor cosa en comunicaciones porque “no poseemos estaciones de radio”,
“no contamos con buenos equipos u ordenadores”, “en el seminario nos
han prohibido el uso de celulares”, “mi diócesis no cuenta con un canal
de televisión”, etc., le ruego, volver a leer las preguntas y hacer un
examen de conciencia sobre la importancia de la comunicación y el uso
de los medios al servicio de la evangelización.
La gran dificultad que yo descubro, en este itinerario
comunicacional, es que se ve y se siente, en algunos sectores de la
Iglesia y la sociedad, que la comunicación es algo accidental y no
esencial. El Papa Juan Pablo II, lo había advertido en su Encíclica
Redemptoris Missio: “generalmente se privilegian otros instrumentos
para el anuncio evangélico y para la formación cristiana, mientras los
medios de comunicación social, se dejan a la iniciativa de los
individuos o de pequeños grupos y entran a la programación pastoral
sólo a nivel secundario” (n. 37). Esta es una invitación y a la vez un
desafío que comporta el compromiso de obispos, sacerdotes, religiosos y
religiosas y de los laicos, quienes están llamados a reconocer que la
Iglesia es comunicación y que ella cumple la misión de anunciar la
Buena Nueva de la Salvación, a Jesucristo, el Verbo de Dios hecho
carne, comunicación del Padre, la Palabra que da vida, el comunicador
por excelencia, en quien convergen el mensaje y el mensajero.
Como invitación, el Papa nos ubica frente a una realidad: la
comunicación para la Iglesia es fundamental y como desafío me pregunto
¿de qué manera puedo comprender el espíritu de la comunión y
comunicación en y para la Iglesia? Descubro que puedo comprender los
fundamentos antropológicos, filosóficos, éticos e incluso teológicos de
la comunicación, pero fácilmente puedo olvidarme de la dimensión
humana, de la riqueza relacional de los seres humanos; convertirme en
un sabio de la comunicación, en un consumidor de doctrina, pero con una
gran pobreza relacional, a la hora de aceptar a los otros, de
contemplar en el otro la presencia de Cristo. Y es aquí donde
fácilmente podemos confundir comunicación con medios, comunicación con
información, comunicación con conversación.
Para asumir un compromiso con la comunicación, se requiere de un
cambio de mentalidad, que Aparecida ha denominado “conversión
pastoral”; esto significa que comprender la comunicación es aceptar que
el ser humano es un ser para la comunicación, es aceptar que los medios
de comunicación ejercen un impacto fuerte en la cultura de la
humanidad, es aprender a diferenciar la comunicación como proceso de
relaciones, de la comunicación mediática; es asimilar la comunicación
como un camino hacia la comunión. Es entender, como lo expresa el
Documento Conclusivo de Aparecida, que si bien los medios de
comunicación son fundamentales para difundir el anuncio, estos medios
no deben sustituir las relaciones interpersonales (DA 489)
Esta conversión pastoral exige que nos preparemos para comprender
los nuevos lenguajes, que nos formemos en conciencia crítica frente al
uso de los medios y que podamos responder a los desafíos del mundo de
hoy, desde la comunicación. El decreto Conciliar sobre los medios de
comunicación social, del Concilio Vaticano II, Inter Mírifica, lo
propone: “ha de formarse oportunamente sacerdotes, religiosos y también
laicos que cuenten con la debida competencia para dirigir estos medios
hacia los fines del apostolado” (IM 15). Sin embargo, en los documentos
del Magisterio de la Iglesia todavía se siente el sabor mediático e
instrumentalista de la comunicación. Esto significa que no solo
deberíamos atender al uso de los medios de comunicación sino también
pensar en la inmersión en los diversos procesos de comunicación que
abarca el ser y quehacer de la Iglesia.
Este planteamiento vislumbra una nueva cultura comunicacional, en
la que observamos la manera como la comunicación permite tejer redes de
relaciones, en donde surgen nuevos comportamientos y maneras de
relacionarnos, gracias a los avances tecnológicos, al internet, al
ciberespacio. Una nueva cultura que solo se comprende si se le analiza
en su contexto, si se tiene en cuenta el medio ambiente en el que se
vive, el impacto de los medios en la cultura misma y las redes sociales
que se van formando espontáneamente. Por lo tanto, la comunicación no
puede ser algo añadido, un fenómeno aislado de la vida del ser humano y
la sociedad. La comunicación es una estructura de base, es transversal,
atraviesa el entramado de las relaciones, el espíritu de las
organizaciones y fomenta la comunión humana. Esta transversalidad, se
constituye en un camino hacia la comunión.
Los tiempos actuales, en su vertiginoso avance científico y
tecnológico, le plantean serios retos a la Iglesia universal, un mundo
globalizado, que ha traspasado las fronteras de lo local y lo nacional,
un mundo en el que la comunicación misma “está unificando a la
humanidad y transformándola -como suele decirse- en una "aldea global",
(RM 37) en donde los medios de comunicación han acortado distancias y
se han ido convirtiendo en inspiración para los comportamientos
individuales, familiares y sociales. Quizás no hemos descubierto aún en
plenitud, sus alcances y exigencias, pero este cambio de época exige un
nuevo perfil sacerdotal: un sacerdote formado con una visión holística
del hombre y la humanidad, un hombre de Iglesia, con una densa
formación eclesiológica y cristológica, en actitud de permanente
escucha como pastor de su pueblo, comprometido con los más pobres, en
comunión con el Obispo y con el Papa, dispuesto a servir y a entregar
su vida a imagen de Jesús; un sacerdote, que sin poseer todos los
carismas, los preside en su comunidad, un hombre lleno de Dios, en
continua comunicación con el Padre, a través de la oración, con una
sólida espiritualidad mariana, conciliador, artífice de la unidad y de
la paz, proclamador de la Buena Nueva, un comunicador y profeta de
esperanza. Un hombre de excelentes relaciones, consciente de que para
ser un buen sacerdote, primero debe ser un excelente ser humano. Y este
perfil se forja en el seno de la familia y en el Seminario Mayor,
corazón de la Diócesis, para lo cual, se requiere de un proceso de
discernimiento comprendido como la búsqueda de la voluntad de Dios,
para vivir conforme a esa voluntad y configurarse personal y
sacramentalmente con Jesucristo, camino, verdad y vida.
La comunicación como proceso articulador de la formación en los seminarios
No hay duda que la formación en los seminarios mayores, responde a unas
necesidades pastorales en la Iglesia, que hay una preocupación por la
formación humana, espiritual, comunitaria, intelectual y pastoral. Pero
todavía se siente un vacío en la articulación de la enseñanza misma.
Quizás algunos puedan descalificarme, porque no tengo título de
pastoralista o de teólogo, aunque he sido formador de Seminario Mayor y
Vicario de Pastoral, enamorado de la evangelización y comprometido con
procesos de formación. Y he sentido, que uno de los nodos que hace
falta en esta articulación de procesos pastorales en la Iglesia y en
procesos de enseñanza de los seminarios, tiene que ver con la
comunicación.
En algunos seminarios mayores, se cuenta con una cátedra de
comunicación, muchas veces reducida a técnica vocal, a medios de
comunicación, elocución y técnicas de comunicación y hasta oratoria,
pero ¿qué conexión existe con el pensum académico? En otros seminarios,
no existe ni siquiera esta cátedra o se la piensa como un seminario
alternativo, como algo accidental. El problema no es la cátedra de
comunicación, que debería existir. El problema es ¿cómo estamos
respondiendo en el proceso de formación de los futuros sacerdotes, para
ayudarles a comprender el fenómeno de la comunicación y a enfrentarse a
una nueva cultura comunicacional? es importante que los seminarios
mayores formen a los futuros sacerdotales con un perfil comunicacional,
que debe ser comprendido como parte de su identidad sacerdotal.
Desde el Concilio Vaticano II ya se insinúa esta necesidad: “es
necesario que los sacerdotes, los religiosos y religiosas conozcan cómo
nacen las opiniones y criterios, y así puedan adaptarse a las
circunstancias del hombre actual, ya que la Palabra de Dios se proclama
al hombre de hoy y estos medios prestan un eficaz apoyo a esta
proclamación. Los alumnos que muestren una especial inclinación y
capacidad en el uso de estos medios deben ser preparados más
específicamente. (CP 111). En los documentos posteriores la Iglesia
será más incisiva y esta formación se convierte en un clamor, que
quizás en muchos ambientes aún no ha iniciado.
Esto significa que, aunque hoy reconocemos que la Iglesia posee
medios de comunicación propios, que los mensajes de los Sumos
Pontífices siguen penetrando en el medio comunicacional, que se han
hecho esfuerzos inmensos por consolidar una Pastoral de la comunicación
en las Conferencias Episcopales de América
Latina y el Caribe, que la comunicación es imprescindible para la
evangelización, persiste, en algunos sectores, la desconfianza frente a
los medios, el desconocimiento de la riqueza de medios impresos,
estaciones de radio y televisión, webs católicas, que se tiene en la
Iglesia y la débil concepción de la comunicación como “medios”,
olvidándose, como lo dice Puebla en el numeral 1065, que “la
comunicación surge como una dimensión amplia y profunda de las
relaciones humanas”.
La Congregación para la educación católica en 1986,
ofreció a los Seminarios unas “orientaciones” concretas sobre la
formación de los futuros sacerdotes, para el uso de los instrumentos de
la comunicación social, todavía con una mirada y una perspectiva
mediática, pero con la esperanza de facilitar su responsabilidad
educativa. Al respecto dice: “independientemente de los posibles
desarrollos futuros y de la variedad de situaciones, a todos los
institutos de formación sacerdotal se impone hoy con una gran urgencia
un común núcleo de cuestiones fundamentales, acerca de la conducta
personal de los receptores, del uso pastoral de los mass media, y de la
formación especializada para tareas particulares” (Presentacion del
Prefecto William W. Card. Baum) y deja a los obispos y educadores la
decisión de servirse de estas orientaciones, según las circunstancias
concretas y las necesidades locales.
El documento parte de una reflexión teológica
profunda: la comunicación es un don de Dios y la presenta como un
camino fundamental hacia la comunión, consciente del fuerte influjo de
los instrumentos de la comunicación social en la sociedad. Nos
recuerda que en la Ratio Fundamentalis, n. 68 se pide expresamente la
formación de los futuros sacerdotes para el recto uso de los medios de
comunicación, con una triple finalidad: “que puedan valerse por sí
mismos, formar a los fieles en lo referente a estos medios, y
utilizarlos eficazmente en el apostolado”, desafío que se retoma en el
año 1972, en la Encíclica Communio et progressio, que afirma: “los
futuros sacerdotes y los religiosos y religiosas, durante su formación
en seminarios y colegios, han de estudiar la influencia de estos medios
de comunicación sobre la sociedad humana y aprender su uso técnico.
Esta preparación es parte de su formación integral” (n. 111).
La Ratio Fundamentalis centra su atención sobre todo
en los medios audiovisuales, pero hay que entender que después del
Concilio Vaticano II, solo se contaba con un documento explícito sobre
la comunicación, Inter mírifica, que tiene grandes vacíos pastorales,
que posee lineamientos para situarse frente a una realidad compleja que
la Iglesia no puede desconocer. Y aunque la actitud de la Iglesia, en
un comienzo fue de reserva y cautela, ella, como Madre y Maestra se ha
ido abriendo a nuevas posibilidades y descubriendo las potencialidades
de los mass media, comprendiendo la riqueza de estos “maravillosos
inventos”, sin embargo esta actitud de cautela y hasta de rechazo,
todavía se percibe en algunos sectores eclesiales, que satanizan a los
medios y los ven como algo nocivos para la salud espiritual.
En 1972, Communio et Progressio da un paso más en la
reflexión pastoral sobre la comunicación, que luego Aetatis Novae va a
retomar para hablar de la comunicación como proceso. En este sentido
las Conferencias Generales de Obispos en América Latina y el Caribe,
han reflexionado sobre estos mismos desafíos y han hecho sus
respectivas recomendaciones: desde Medellín, pasando por Puebla, Santo
Domingo, hasta Aparecida, los obispos han reflexionado sobre la
comunicación y sus implicaciones en el mundo de hoy y sobre el uso de
los medios de comunicación al servicio de la evangelización.
No hay duda que los tiempos han cambiado y que hoy
frente a los avances tecnológicos la Iglesia debe responder con
sabiduría y prudencia. Hoy no sólo debe mirarse el mundo de los medios
de comunicación y la cultura digital, sino revisar todo un panorama
comunicacional, reconocer que el hombre no puede vivir sin comunicación
y que esta se constituye en algo esencial. De esta manera, considero,
que en los Seminarios Mayores debiera hacerse una reflexión profunda
sobre el significado de la comunicación para formandos y formadores, lo
que implica formarse para el uso de los medios de comunicación, pero
también atreverse a pensar en el escenario de las relaciones que se
construyen internamente, camino hacia la comunión y la fraternidad
sacerdotal. Esto quiere decir, que en el seminario todo lo que se vive
y evidencia pasa necesariamente por la comunicación: el proceso de
discernimiento vocacional es comunicación, en cuanto se vive una
experiencia profunda de Dios y a partir del testimonio, de la relación
con los otros, de la oración y del compartir fraternal, se construye un
camino hacia la decisión fiel en el seguimiento de Jesús.
En el seminario, cada encuentro, en el comedor, en
la capilla, en las reuniones de grupos, en los sacramentos, en la
liturgia, en el deporte, en las clases, en el apostolado, se puede
constatar estos espacios y momentos de comunicación, que construyen la
comunidad. Las dimensiones de la formación en los seminarios, poseen,
aunque no se perciba, una gran riqueza comunicacional. En las casas de
formación estos momentos y espacios de comunicación, se viven pero
muchas veces no se perciben como escenarios para la comunicación -
comunión. Para entenderlo mejor, pongo dos ejemplos que nos ayudarán a
comprender ¿de qué manera la comunicación ayuda a la construcción de la
comunidad - fraternidad? En el comedor, cuando los formandos y
formadores comparten la mesa, disfrutan, se ríen, hablan de sus
aspiraciones, conversan sobre sus temores y hasta aprovechan este
espacio para platicar sobre la familia, la realidad de la Iglesia, la
situación socio política o los últimos acontecimientos, además de
posibilitar el compartir la información, se tejen relaciones, nacen
afinidades, se conocen las personas, empezamos a compartir unos mismos
ideales, ponemos en la mesa común nuestras angustias y tristezas,
nuestras esperanzas e ideales. A este proceso se le llama comunicación,
que significa poner en común pensamientos, emociones, sentimientos,
hacer del otro un interlocutor válido y experimentar la
corresponsabilidad en la construcción de un mundo más humano.
El otro ejemplo es la liturgia, en ella se vive una
comunicación horizontal, con los demás, con los hermanos, con quienes
se comparte una misma fe y una misma esperanza, en ella vivimos una
comunicación vertical, con Dios, entramos en sintonía con quien es
comunión-comunicación. La liturgia de las horas, la eucaristía, los
cantos, los ornamentos, los vasos sagrados, los gestos y actitudes en
las celebraciones, los signos y símbolos son una riqueza comunicacional
que muchas veces se trivializan por la costumbre, por la rutina y se
desvirtúan. Aquí encontramos otra dimensión comunicacional, con una
carga de significado tan profunda que permite al hombre elevarse,
extasiarse, dejarse seducir por Dios.
Y como si fuera poco, a los dos ejemplos anteriores
podemos agregar el proceso de discipulado que se vive en la vida
cristiana y que Aparecida refiere como un camino de formación que
comporta: encuentro con Cristo, conversión, discipulado, comunión y
misión. Este itinerario comienza con un un encuentro íntimo y personal
con Jesús, en el que Cristo comunica su vida misma, el creyente asume
una actitud de acogida y de escucha de la Palabra y comprende que su
Maestro le llama a vivir un proceso de conversión. Su actitud de
escucha y de apertura a la acción de Dios en la oración, en la lectura
asidua de la Palabra, en esa comunicación permanente con Jesús, le hace
reconocer, que cuanto recibe de Jesús, debe compartirlo. Su compromiso
misionero nace precisamente de ese encuentro que se revitaliza en la
comunidad, el discípulo se hace consciente de su misión, como
discípulo misionero, viviendo su responsabilidad de bautizado, se hace
evangelizador. Así, la misión es la consecuencia lógica de su respuesta
de amor al Dios de la Vida. Sale a “comunicar”. Como evangelizador,
comunica vida, esperanza, fe, sabiduría y, como testigo, en su manera
de actuar y de vivir, muestra el rostro de misericordia de Jesús.
La comunicación, esencial en el proceso de formación
En los seminarios mayores la comunicación debe ser
algo esencial, fundamental. Tres son las razones que yo invoco para
hacer de la comunicación un elemento unificador, articulador y garante
de las relaciones humanas:
1. La comunicación humana hunde sus raíces en la
comunicación divina: Dios es comunión-comunicación, Dios se comunica
con la humanidad, Dios habla a la humanidad, como lo expresa la carta a
los Hebreos: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios
antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa
final, nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). Él ha venido para
comunicarnos la vida: “Yo he venido para que tengan vida y vida en
abundancia” (Jn 10,10). Jesús, se presenta ante la humanidad como el
Camino, la Verdad y la Vida, Él es el Verbo, la Palabra de Dios hecha
Carne, Toda esta dimensión teológica de la comunicación, la podemos
comprender con las palabras del Papa Benedicto XVI, en su mensaje con
motivo de la Jornada mundial de las comunicaciones para el 2009, en la
que el Sumo Pontífice destaca nuestra participación en el amor
comunicativo y unificador de Dios, “que quiere hacer de toda la
humanidad una sola familia. Cuando sentimos la necesidad de acercarnos
a otras personas, cuando deseamos conocerlas mejor y darnos a conocer,
estamos respondiendo a la llamada divina, una llamada que está grabada
en nuestra naturaleza de seres creados a imagen y semejanza de Dios, el
Dios de la comunicación y de la comunión”.
2. La comunicación mediática es una realidad y la
cultura digital hoy nos revela igualmente sus inmensas potencialidades.
Los medios de comunicación no han de ser vistos como instrumentos
nocivos y perjudiciales para la vida de los seres humanos, ellos son
buenos en sí mismos. Pero tenemos que ser conscientes, que si están al
servicio del hombre, deben velar por la promoción de la dignidad
humana, por la integración de los pueblos y por el afianzamiento de las
relaciones. Cuando sucede lo contrario, el hombre está o se pone al
servicio de los medios, los medios se convierten en fines y el ser
humano pasa a ser un medio, se cosifica, se instrumentaliza, el hombre
se vuelve esclavo de los medios. Y estos medios deben ser usados en el
proceso de evangelización, por lo que se necesita de una previa
formación y conocimiento de las bondades de estos medios.
Desde el discurso inaugural de Aparecida, el Papa
Benedicto XVI, habla de la importancia de los medios de comunicación
para la Nueva Evangelización: “no hay que limitarse sólo a las
homilías, conferencias, cursos de Biblia o teología, sino que se ha de
recurrir también a los medios de comunicación: prensa, radio y
televisión, sitios de internet, foros y tantos otros sistemas para
comunicar eficazmente el mensaje”. Es un gran reto y desafío para la
Iglesia saber utilizarlos. Hoy más que nunca se exige el conocimiento
de los nuevos lenguajes, del mundo digital y de esta nueva cultura.
Cómo ignorar por ejemplo, ”el fácil acceso a teléfonos móviles y
computadoras, unido a la dimensión global y a la presencia capilar de
Internet, que han multiplicado los medios para enviar instantáneamente
palabras e imágenes a grandes distancias y hasta los lugares más
remotos del mundo”. Gracias a estos medios, la Iglesia puede llegar a
multitudes (EN. 45)
3. La comunicación social debe ser entendida más
allá de esa realidad mediática, como proceso de relaciones. La
comunicación hay que comprenderla como un proceso de relaciones, esto
quiere decir, que la comunicación va más allá de los medios. Si nos
quedamos con una visión instrumentalista de los medios, esa visión
mediática, impedirá ver en el otro, a un hermano, con quien puedo
compartir, vivir la solidaridad, comprometerme. Se trata, como lo dice
el Papa Benedicto XVI de un anhelo de comunicación y amistad que
“tiene su raíz en nuestra propia naturaleza humana y no puede
comprenderse adecuadamente sólo como una respuesta a las innovaciones
tecnológicas”. Al entender la comunicación como un proceso de
relaciones, el hombre se hace sensible al reconocimiento del otro,
comprende su ser social por naturaleza, sabe que no está sólo, que a su
lado hay otros seres humanos, como él, con cualidades y defectos,
acepta que tiene una misión en el mundo y que, en su diario vivir,
comparte con los suyos, alegrías y tristezas, éxitos y fracasos, sueños
e ideales. Esta cultura de amistad, de respeto y de diálogo debería ser
el punto de inicio del fortalecimiento de una cultura solidaria.
Por lo tanto, en los Seminarios Mayores, debería
fortalecerse este proceso relacional, desde la cercanía, la empatía, la
sinceridad, el diálogo, el compartir, la fraternidad, como un camino
inicial para construir la fraternidad sacerdotal.
Conclusión
A lo largo de lo sugerido por los documentos de la
Iglesia sobre la comunicación, siempre me he cuestionado: ¿por qué
reducimos nuestro quehacer pastoral de la comunicación, a los medios?
¿Por qué no preocuparnos por el entramado de relaciones que se van
tejiendo en la Iglesia y que deben ser relaciones fraternas? ¿Por qué
no intentar, mejorar nuestros canales de comunicación?.
Dialogar con el obispo o con los sacerdotes, con una
Superiora, con el Rector del seminario o con los formadores, debiera
ser un signo de confianza, de acogida, de caridad pastoral; ser capaces
de dialogar y propiciar el diálogo entre los fieles, superando todo
asomo de resentimientos o envidias, superar la idea de que “aquí mando
yo” y entender que nuestra misión es el servicio, que debemos
preocuparnos por prepararnos para responder a los desafíos del mundo de
hoy, conociendo los nuevos lenguajes, promoviendo una cultura del
respeto por la vida y la dignidad del ser humano.
En los Seminarios Mayores y casas de Vida
Consagrada, debería haber espacio para la formación en la comunicación,
interés por conocer los medios de comunicación y apoyo a la labor que
realizan los comunicadores, periodistas, fotógrafos, artistas, actores,
actrices, publicistas, ayudándoles en su formación humana y cristiana.
En fin, ser capaces de detenernos un momento, mirar a los ojos de las
personas y escuchar con alegría, a imagen de Cristo, que valoró el
silencio, la acogida y el respeto por el otro.
La Iglesia hoy hace énfasis en la comunicación y la
participación, toma conciencia de que el ser humano no puede vivir
aislado, su misión debe realizarla en la comunidad. El bautizado tiene
a Jesús, como modelo de comunicador, que escucha, acoge y proclama, así
el discípulo está llamado a escuchar la Palabra de Dios, a acoger a
Jesús en su corazón, a proclamarlo ante sus hermanos y a generar
relaciones de comunión y participación. Considero, que si en los
seminarios mayores, la comunicación ocupa el lugar que debe ocupar, no
como un instrumento o simplemente como un ´medio´, sino como una
estructura de base, que permea toda la vida del seminario, las
relaciones que surgen serán relaciones no de poder, sino de servicio,
no relaciones diplomáticas y funcionales, sino una relación de
hermanos, no relaciones de protocolo y convencionales, sino una
relación de empatía, de sinceridad y respeto, no una relación de
coexistencia, sino una relación de comunión. Todo esto implica generar
canales de comunicación, intensificar los momentos y espacios de
comunicación durante el proceso de formación y estimular en los
seminaristas el uso de los medios de comunicación y su inmersión en la
cultura digital, al servicio de la Nueva Evangelización.
Bibliografía
CONCILIO VATICANO II. Inter Mirífica. Ed. BAC. Madrid, 1966
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA. Orientaciones sobre la
formación de los futuros sacerdotes para el uso de los instrumentos de
la comunicación social. Ed. Vaticana. Roma, 1986
CONGREGACIÓN PARA LA DUCACIÓN CATÓLICA. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis. Ed Vaticana, Roma, 1970
DOCUMENTO CONCLUSIVO, V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Centro de Publicaciones, Bogotá, 2007
JUAN PABLO II. Redemptoris Missio. Disponible en internet: http//: www.vatican.va
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