
El Obispo Auxiliar de Yucatán, Rafael Palma Capetillo, dijo ayer que el
Miércoles de Ceniza, además de ser el inicio del tiempo de Cuaresma, es
ante todo un día de penitencia insustituible, en el que debemos
privarnos de parte de los alimentos para que nosotros aprendamos a
sentir más hambre de la palabra de Dios y de la caridad, valor que
Cristo nos pide vivir.
Recordó también que la Cuaresma dura 40 días y es un tiempo privilegiado
de preparación para continuar después con la Pascua de Cristo, y está
inspirada en el ejemplo de Jesucristo, que se retiró al desierto 40 días
para hacer un tiempo de oración y penitencia. Por eso la Iglesia invita
para que durante la Cuaresma imitemos el ejemplo de Jesucristo orando y
haciendo prácticas penitenciales, y añadiendo lo que Cristo nos enseñó:
la caridad para ser generosos con nuestros hermanos.
Palma Capetillo explicó también que el Miércoles de Ceniza es en
realidad un día de penitencia que ha conservado la iglesia junto con el
Viernes Santo como un día de ayuno y abstinencia, y recordó que "El Papa
Benedicto XVI en varias ocasiones nos ha exhortado para que tengamos
presente este signo de austeridad, de devoción, que nos pide renunciar a
lo más necesario y natural como es el alimento para aprender a
descubrir las verdaderas necesidades, para no estar tan apegados a
algunas cosas de las que ya nos hemos hecho demasiado dependientes, y
para aprender a fijarnos en las necesidades que tienen otros hermanos
nuestros que de hecho pasan ordinariamente muchas necesidades, incluso
sufren hambre o no tienen trabajo, o están con otro tipo de escasez,
como los enfermos o las personas que tienen angustias, para que nos
sintamos más solidarios con ellos.
Además, el Miércoles de Ceniza va acompañado de un signo sacramental que
es el signo de la ceniza, que está tomada de los guanos del Domingo de
Ramos, de los cuales se reserva una parte para ser quemados y usados en
el signo de la ceniza, la que por una parte nos recuerda que fuimos
formados del polvo de la tierra y cuando concluya nuestra existencia
terrenal volveremos a ser polvo. Y que no sólo nos recuerda la
limitación humana y que vamos a morir, sino esa expresión de que somos
del polvo de la tierra, nos recuerda que somos obra de Dios, somos
suyos, y que aunque al final nuestro cuerpo está destinado a la muerte,
se va a destruir naturalmente, sin embargo ese cuerpo debe ser sepultado
en espera de la resurrección futura.
Y esa buena costumbre, añadió, estamos llamados nosotros a conservarla y
expresarla con todo su sentido. Y esa ceniza hace referencia para
recordarnos que somos polvo, que somos frágiles, que necesitamos de
Dios, y que nunca podemos olvidarnos de Dios. No podemos hacer a un lado
a Dios. Como decía el Concilio Vaticano II: La criatura sin el Creador,
se vuelve nada. Nosotros somos criaturas de Dios, somos la parte más
importante de la obra del Creador, pero siempre tenemos que hacer
referencia a Él. Sin Dios nada podemos y no tendría sentido nada de lo
que somos y hacemos. Y por otra parte hay una motivación que acompaña
este signo de la ceniza, de invitarnos a la conversión, a ser humildes, a
arrepentirnos verdaderamente para llegar a un cambio de vida,
confrontando nuestra vida con el Evangelio, que nos pide arrepentirnos y
reconocer que necesitamos confrontar nuestra vida de tal modo para
crecer en la fe y en la respuesta como discípulos de Jesucristo.
Desglosando el significado de la humildad cristiana, el Obispo Auxiliar
señaló que la humildad se deriva de humus, que significa también lo
natural, lo que hay en la tierra, y nos recuerda que ser humildes
significa ser verdaderamente humanos. Ni mas ni menos. Es aprender a
reconocernos como hermanos todos, pero reconocer que necesitamos de
Dios. Y la Iglesia, inspirándose en la enseñanza de Jesucristo, que vino
a nosotros, que vino a la Tierra y aceptó la muerte en cruz, nos
recuerda que ser humildes significa ser agradecidos con Dios, reconocer
que todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios. Y ser humildes
significa también aceptar que tenemos limitaciones, que podemos tener
errores, pero al mismo tiempo debemos reconocer lo que nos falta para
poder alcanzar lo que estamos llamados a vivir. Decía San Agustín que la
humildad es un colirio que purifica la mirada del pecador para
reconocer la virtud que debe alcanzar para corregir sus errores y
pecados. Ese colirio hace falta. No podríamos ser verdaderamente humanos
y convivir con otra personas, si no tuviéramos ese grado de humildad,
porque Jesucristo no deja de enseñarnos que como discípulos suyos
tenemos que aprender a servir, no a ser servidos, y el que quiera ser el
primero tiene que ser el último, el servidor de todos. Esta enseñanza
si no la aprendemos, si no la vivimos, no podríamos descubrir lo que
Dios nos pide y la manera de ponerlo en práctica. Por eso siempre esta
virtud hay que fomentarla. Cuidado con la altanería, cuidado con
creernos que podemos solos y olvidarnos de Dios, porque entonces sí
caeríamos en los vicios y pecados y estaríamos oscurecidos por una
actitud de orgullo y de lejanía de Dios.
Hay que vivir esa virtud de la Cuaresma, que nos enseña a ser humildes, a
llenarnos del amor de Cristo, sabiendo que necesitamos de Dios y Él
siempre nos acompaña y nos enseña a llevar la cruz de cada día con
dignidad, con paciencia, con humildad y con amor. Como Cristo la llevó.
Asimismo, el Obispo precisó: Cuaresma es el tiempo de preparación para
la Pascua, nos prepara para proclamar lo que es el aspecto más
importante de nuestra fe: que Cristo vivió y resucitó por nosotros, y
que nosotros en la vida llevamos una especie de Cuaresma, un recorrido,
un camino, para culminar algún día en la Pascua que no acaba, y se puede
decir que la vida del cristiano es participar en esa dinámica de la
Pascua de Cristo, que quiere decir morir al pecado para renacer a la
gracia de Dios. Incluso cada vez que dormimos y amanecemos, es como un
ensayo de la Cuaresma y de la Pascua que se realiza en la vida
cotidiana. Pascua es el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a
la libertad, de la oscuridad a la luz, y recuerda el paso del pueblo
hebreo cuando salió de Egipto, atravesó el Mar Rojo y todo el desierto
para llegar a la tierra prometida.