En la demarcación del suburbio de San Juan hay tres templos coloniales: el de San Juan Bautista,
la capilla de Nuestra Señora de la Candelaria y la iglesia de Nuestra
Señora de la Consolación (Monjas), a cargo de los Misioneros del
Espíritu Santo.
Jorge Carlos, quien tiene los tres templos "a tiro de piedra”, recibe
las primeras luces formales de la doctrina cristiana de conocidos
catequistas: Zulay Pérez Villanueva, en San Juan; Mery Riera Cardeña
(q.e.p.d.), en Candelaria, y Nadima Simón Sáfar, y Antonio y Omar
Buenfil Guillermo (hoy diácono permanente), en la iglesia de Monjas.
Para la vocación religiosa lo inspiran tres sacerdotes: Arturo José
Arias Luján y José Jaime Domínguez Rivero, capellanes de San Juan
Bautista y Nuestra Señora de la Candelaria, respectivamente, y Antonio
Sánchez, misionero del Espíritu Santo.
El hermano marista Enrique López
Nieto le fortalece la devoción mariana y lo invita —en segundo año de
secundaria— a dar catecismo, como parte del apostolado seglar del
Colegio Montejo, en la naciente comunidad de la Medalla Milagrosa.
En atención a nuestra solicitud de fotos de antaño, dona Carmita Wong
halla una imagen inédita en el álbum familiar: Jorge Carlos, ya
seminarista, auxilia como acólito, por inesperado designio de Dios, a
Juan Pablo II en misa celebrada en Belice el 9 de marzo de 1983.
¿Cómo ocurre? Jorge Carlos encabeza un movimiento de seminaristas para
convencer al padre rector Luis Miguel Cantón Marín de viajar a ese país
para ver y escuchar al Papa polaco.
Le proponen al padre Cantón no tomar vacaciones durante el carnaval y
seguir en clases para no atrasar el plan de estudios. Juntan dinero
para fletar autobuses. Llegan directamente al aeropuerto de Belice,
pernoctan a la intemperie, en espera del arribo del avión en el que
viaja Karol Wojtyla. Amanece. Aterriza la aeronave. Juan Pablo II sólo
celebrará misa en ese lugar y luego seguirá su viaje, a Haití. El
primero que desciende del avión es un sacerdote italiano. Le pregunta,
en inglés, a un sacerdote jesuita: "¿Dónde están los seminaristas que
auxiliarán al Santo Padre en el servicio del altar?”. El anfitrión le
responde: "Lo siento mucho... en Belice no tenemos seminaristas...”.
Armando Lara Puerto, seminarista yucateco que hace guardia en la valla
de bienvenida junto a Jorge Carlos, escucha el diálogo, se arma de
valor y les dice a los dos sacerdotes: "¡Nosotros somos seminaristas!”.
Los mira el italiano y les indica: "Ustedes dos (Armando y Jorge
Carlos), vengan conmigo”. Los prepara rápidamente y les indica que
llevarán las ofrendas.
La sorpresa es que se quedan junto al altar, al lavatorio de manos, al
rito de la paz... "todo, todo, todo el resto de la misa”, recuerda hoy
monseñor Patrón, quien considera el acontecimiento como un regalo
inesperado. "Recuerdo a don Manuel Castro Ruiz (arzobispo de Yucatán),
al padre Cantón Marín, a los demás sacerdotes que nos acompañan en esa
aventura cuando nos ven junto al altar, con la sotana blanca y el cinto
rojo... 'Y esos dos yucatecos ¡qué hacen allí!'. Es una historia que
pocos conocen o recuerdan. Fue la Providencia”, dice monseñor Patrón.
Diario de Yucatán
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