1. Caminando hacia el día de la Familia

Como Iglesia no queremos vivir el día de la familia -que se celebra el próximo 6 de marzo- simplemente como una fecha que hay que festejar. Nuestra contribución al día de la familia más que folklórica o cívica quiere ser de tipo coyuntural, en este caso señalando algunos aspectos que fortalezcan la vida familiar y solicitando a las autoridades estatales y federales que pongan a la familia como prioridad política, así como nos pronunciamos el domingo pasado.
Por eso, desde la perspectiva cristiana queremos volver a compartir estas reflexiones que tratan de llegar al corazón de las personas para que valoren, rescaten y fortalezcan la armonía familiar. Es cierto que en ocasiones nuestras familias no están viviendo conforme al designio del Creador y por eso no se han convertido en ese espacio de formación y de encuentro que todos necesitamos.
Pero se trata de luchar para lograr precisamente la unidad y la armonía que son fundamentales para que todos sus miembros se puedan sentir amados, aceptados, promovidos y valorados.
Por nuestra familia tenemos que hacer todo el esfuerzo por superarnos y por favorecerla. Este marco del día de la familia a nivel nacional es muy adecuado para que hagamos una profunda reflexión sobre lo que están necesitando nuestras familias y sobre lo que cada uno de nosotros tiene que cambiar para que aportemos soluciones a la convivencia familiar.
Respecto de las estrategias que tenemos que realizar para mejorar la vida de familia podemos considerar estas tres recomendaciones. En primer lugar, hace falta tener muy presente que los defectos no son exclusivos de los otros, por lo que es necesario ser muy conscientes de los propios, para ser más comprensivos y humildes a la hora de exigir que cambien las personas.
El segundo lugar, tenemos que convencernos que la mejor manera de ayudar a los demás a superar sus defectos es la cordialidad y hasta el buen humor; la psicología nos ofrece una serie de herramientas para ser conscientes de los propios defectos y para lograr superarlos realmente en la vida. Pero la cordialidad y la capacidad de perdonar siempre se harán necesarias en la convivencia familiar.
Finalmente, para mejorar en toda relación conyugal y en toda relación entre padres e hijos, o con los demás miembros de la familia, lo inteligente es fijar siempre más la mirada en lo positivo y no en lo negativo. De algún modo, perdonarse es esto: mejorar nuestro modo de mirarnos. Si miramos más el lado negativo desconociendo las capacidades y las enormes virtudes que hay en todas las personas construimos nuestras relaciones sobre bases no objetivas que terminan por provocar la ruptura.
La vida de familia es una fraternidad que se traduce en una escuela de compartir, de colaborar y vencer el egoísmo cada día. El amor no es un tesoro que se guarda, sino una simiente que se planta cada día. Por muy grande que sea el amor siempre hay algo que perdonar. Todos los días tendremos algo que perdonarnos, por los olvidos, por los cansancios, por las insatisfacciones, por las preocupaciones, por los prejuicios, por las dudas, por los nervios, por los roces, por los inevitables egoísmos, por los malos entendidos, por las incomprensiones, por todo tipo de fallas y limitaciones.
2. Ya viene el Carnaval
El P. José Benigno Zilli Mánica, conforme a su más puro estilo, nos ha presentado una hermosa reflexión sobre el carnaval que vamos a compartir en este espacio. "Ya por todas partes se habla del Carnaval, pero nadie parece acordarse del Miércoles de Ceniza que, en realidad, es lo que dio pie a estas fiestas "carnestolendas”. Este adjetivo tan elegante y latino significa precisamente "quitar o dejar las carnes”.
Los autores han descubierto que lo esencial del carnaval consiste en poner el mundo al revés; o sea, frente a la austeridad y el rigor de la Cuaresma, se presenta un atracón de comidas y bebidas y una euforia exaltada que ridiculiza todo lo que en la vida diaria es serio y ordinario. Pero un carnaval auténtico no es la exaltación de lo perverso y degradante, como sucede a veces, sino, una expresión llena de humor y simpatía de lo que ordinariamente nos parece serio. Así fue al comienzo. Porque en verdad, al principio, los cristianos se centraban en una verdadera Cuaresma, que los preparaba a las fiestas de la Pascua.
Para nuestra desgracia, el carnaval que solemos tener en Veracruz se caracteriza por una promoción de las empresas de cerveza y por una distribución de condones como una incitación a un desenfreno más allá de la ley de Dios y de las buenas costumbres. Todo se reduce al paso de los carros alegóricos, donde las compañías cerveceras y refresqueras compiten entre sí mientras miles de espectadores presencian bailables más o menos lúdicos.
Están lejos de la simpatía y el humorismo que debieran ser la característica de estos días en que nos despedimos de las carnes con todo lo que esto significa. El recuerdo del polvo al que volveremos no debiera estar lejos”.
En su esencia el carnaval se propone mostrar la alegría, la creatividad y la chispa de un pueblo que sabe reír y cantar. Una manera auténtica de festejar a la familia -ahora que se contempla la celebración del 6 de marzo- sería rescatando el carácter familiar que distinguía al carnaval de Veracruz. En los últimos años ha dado un giro y ha dejado de percibirse como un espacio dedicado para la familia. El carnaval no debería utilizarse para regalar condones ni para fomentar excesos, sino para regalar sonrisas y esperanzas a un pueblo tan marcado en los últimos años por situaciones adversas como la pobreza, la inseguridad y la violencia.