
En la Biblia nos encontramos con historias impactantes, con enseñanzas contundentes que no solamente atrapan nuestra atención como lector sino que nos van sumergiendo en su cultura, en su filosofía, en su visión del mundo y de la historia. Historias que construyen una nueva manera de vivir, una nueva forma de estar en la existencia.
Por eso, muchos llegan a experimentar que cuando se lee la Biblia no se lee simplemente un libro, sino que se encuentra uno con Alguien, es decir con la persona de Dios. Una de esas enseñanzas que golpea fuertemente el corazón del hombre la encontramos en el libro del Génesis cuando Dios pronuncia una de las preguntas más desafiantes que se le hayan planteado a la humanidad: ¿Qué has hecho con tu hermano? (4, 1-16).
El análisis de este cuestionamiento puede ayudarnos a ir descubriendo el auténtico significado de la cuaresma. La conversión que se nos ha propuesto supone un cambio de horizontes, de puntos de vista, un cambio de rumbo, como el que ahora intenta también el Plan Veracruzano de Desarrollo. Debe llevarnos a ver las cosas de modo distinto y exige voltear a otros lados.
La conversión que Dios espera de nosotros significa responder a esa pregunta original: ¿Qué has hecho con tu hermano? Tenemos que responder a esta pregunta porque nosotros mismos, en algunas circunstancias, provocamos el sufrimiento de los demás, pero también porque no podemos ignorar el contexto social en el que viven muchos de nuestros hermanos: injusticias, pobreza, marginación, desempleo, drogadicción y violencia.
No es posible acostumbrarnos a todas estas cosas y no decir una palabra, o no actuar en lo que a cada uno nos corresponde para asegurarnos que todos vivan de acuerdo a su dignidad de hijos de Dios. ¿Dónde están tus hermanos? ¿Dónde y cómo están las personas que estás llamado a servir? Si no se responde a estas preguntas entonces viviremos una conversión maquillada, light o refinada; una cuaresma piadosa y persignada, pero no llegaremos al significado auténtico de este tiempo que nos lleva a hacernos conscientes y solidarios de la situación de los demás.
Cuando planteamos estas cosas lo más común es escuchar la respuesta insensible, desvergonzada y cínica de Caín: ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? Precisamente porque la cultura predominante está rompiendo las vinculaciones sociales, en la medida en que fomenta el egoísmo, la soberbia y el derroche.
Se ha demostrado que somos solidarios en situaciones de desastre, pero nuestra vida más bien la vamos construyendo apegados a este modelo consumista y hedonista. Cuando aportamos algo quizá damos de lo que nos sobra, sin darnos a nosotros mismos, sin ofrecer lo mejor de nosotros mismos. En la medida en que salgamos de nosotros mismos y aprendamos a luchar por el otro se crearán las condiciones para ir transformando las estructuras que propician las injusticias y que mantienen un sistema de desigualdades.
¿Cómo me puedo sentir hermano de los más desfavorecidos? ¿Cómo puedo expresar la fraternidad con los que sufren? Si no somos capaces de plantearnos estas preguntas seguiremos esquivando la responsabilidad por el otro y en todo caso nuestra respuesta será con una pregunta inhumana, impía e insensible como la de Caín.