CIRCULAR No. 29/2010 ASUNTO: Mensaje episcopal con motivo de la Solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de Todos Fieles Difuntos
Una celebración que une el cielo con la tierra
Queridos hermanos y hermanas:
El mes de noviembre comienza con dos celebraciones que expresan de manera sencilla y elocuente uno de los aspectos más profundos del misterio de la Iglesia: "la comunión de los santos”, es decir, la común participación en las cosas santas entre quienes, por la gracia bautismal, están unidos a Cristo muerto y resucitado.
En la solemnidad de "Todos los Santos” la Iglesia que peregrina por este mundo celebra a los bautizados que vivieron fieles al Evangelio y que gozan de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Celebramos que ellos han alcanzado la meta a la que todos estamos llamados. En efecto, en los inicios del cristianismo, a los miembros de la Iglesia también se les solía llamar "los santos". San Pablo, por ejemplo, en la primera carta a los Corintios, se dirige "a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro" (1 Co 1, 2). Podemos decir que el cristiano ya es santo, pues el bautismo lo une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo debe llegar a serlo, conformándose a él cada vez más íntimamente. A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, llegar a ser santo es la tarea de todo cristiano, más aún, podríamos decir, de todo hombre. Todos los seres humanos están llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en la "semejanza" a él según la cual han sido creados.
La Iglesia ha establecido sabiamente que a la fiesta de "Todos los Santos” suceda inmediatamente la conmemoración de "Todos los Fieles Difuntos”. A nuestra oración de alabanza a Dios y de veneración a los bienaventurados, que nos presenta la liturgia el día 1 de noviembre como "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas" (Ap 7, 9), se une la oración de sufragio por quienes nos han precedido en el paso de este mundo a la vida eterna, el día 2 del mismo mes. En la celebración de los Fieles Difuntos les dedicamos a ellos de manera especial nuestra oración y por ellos celebramos el sacrificio eucarístico. Es la intercesión de la Iglesia peregrina por aquellos bautizados que murieron en la esperanza de la vida eterna pero, debido a la debilidad de la condición humana, requieren de la misericordia de Dios para gozar plenamente de su gloria.
La celebración de los fieles difuntos nos invita a reflexionar sobre el sentido cristiano de la vida y de la muerte. De poco nos aprovecharía la discusión sobre las manifestaciones culturales de esta celebración si nuestra participación en ella nos hace crecer en la alegría de sabernos partícipes de los bienes eternos. Con mucha razón decía el papa Benedicto XVI: "¡Qué hermosa y consoladora es la comunión de los santos! Es una realidad que infunde una dimensión distinta a toda nuestra vida. ¡Nunca estamos solos! Formamos parte de una ‘compañía’ espiritual en la que reina una profunda solidaridad: el bien de cada uno redunda en beneficio de todos y, viceversa, la felicidad común se irradia sobre cada persona. Es un misterio que, en cierta medida, ya podemos experimentar en este mundo, en la familia, en la amistad, especialmente en la comunidad espiritual de la Iglesia” (Regina Coeli, 1 de noviembre de 2009).
Que la Virgen María nos ayude a caminar con paso ligero por el camino de la santidad y se muestre Madre de misericordia para las almas de los fieles difuntos.
Mérida, Yucatán, 29 de octubre de 2010.
† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán Arzobispo de Yucatán
† José Rafael Palma Capetillo Obispo Auxiliar
Pbro. Lic. Pedro José Echeverría López Canciller Secretario
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