
Ascensión del Señor, señala el padre Oscar Herrera Vargas
Unas mil doscientas personas asistieron ayer a la misa que ofició en el Centro Universitario Montejo el Pbro. Jorge Oscar Herrera Vargas, en ocasión del XXV aniversario de su ordenación sacerdotal.
El sacerdote dio gracias a Dios, a los fieles y los sacerdotes que lo acompañaron en la ceremonia, como Alonso Rebolledo, Pedro Mena Díaz, Emir Pérez Cabrera, José Iván González, Jesús Caballero Encalada, Mario Medina Balam, Avelino Carvajal, Jorge Luis Roque Pérez de Matamoros, Mons. Alvaro García Aguilar y Mario Cervera, así como a los 21 acólitos y ministros de la eucaristía de las comunidades "La Paz”, "La Luz”, "San Antonio”, "Guadalupe”, "Ntra. Sra. de la Esperanza” y "La Asunción” de la Parroquia de la Asunción.
Durante la homilía, el padre Herrera expresó que la ascensión del Señor es una fiesta de esperanza para los que creemos en Jesucristo, porque sabemos que Él se fue al cielo, pero tenemos la seguridad de que también nosotros podemos seguirle hasta allí.
Destacó que Jesucristo nos tiene preparados a todos un lugar en el cielo, pero nos toca a nosotros vivir en esta vida de tal forma que merezcamos ocupar ese lugar. No lo dejemos vacío.
—Esta solemne festividad nos recuerda también algo que nos dijo en otra oportunidad el propio Jesús: "Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt. 6, 21). ¿Cuál, entonces, debe ser nuestro tesoro y dónde debe estar nuestro corazón? Nuestro tesoro no puede ser menos que Dios y las cosas de Dios; nuestro corazón tiene que estar puesto en el cielo, donde Cristo ya está esperando por cada uno de nosotros, acotó.
Recordó los sucesos posteriores de la resurrección del Señor: "Sabemos que Jesucristo le dio a sus apóstoles y discípulos muchas pruebas de que estaba vivo, pues durante cuarenta días se les estuvo apareciendo y les hizo ver que realmente había resucitado. Uno de esos días, ante el asombro de ellos, les dijo: "¿Por qué se asustan tanto y por qué dudan? Miren mis manos y mis pies. Soy Yo mismo. Tóquenme y fíjense que un espíritu no tiene carne y huesos, como ustedes ven que tengo Yo”. Les mostró, entonces, las heridas de sus manos y sus pies, y para que no les quedara duda de que no era un fantasma, sino Él mismo en cuerpo y alma, les pidió algo de comer y comió delante de ellos. (Lc. 24, 36-42).
"El último de esos cuarenta días los citó a un monte; allí les anunció que muy pronto recibirían el Espíritu Santo que los fortalecería para la tarea de llevar su mensaje de salvación a todo el mundo, les dio sus últimas instrucciones, y poco a poco "se fue elevando a la vista de ellos” (Hech.1, 1-11 y Mt. 28, 16-20).
"La Ascensión de Jesucristo al cielo glorioso en cuerpo y alma nos despierta el anhelo de cielo, nos reaviva la esperanza de nuestra futura inmortalidad, también gloriosos en cuerpo y alma, como él, para disfrutar con Él y en Él de una felicidad completa, perfecta y para siempre.
"¡Esta es la esperanza a la cual hemos sido llamados! ¡Esta es la herencia que nos ha sido ofrecida! Si somos del Señor, "si somos suyos” -como nos dice San Pablo en la segunda lectura- es decir: si cumplimos la voluntad de Dios en esta vida, si seguimos sus designios para con nosotros, si nuestro corazón están en las cosas de Dios, si nuestra mirada está fija en el cielo, la fuerza poderosa de Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo ascender a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, nos resucitará también a nosotros y nos hará reinar con Él en su gloria por siempre”.
Al final de la misa hubo un refrigerio para todos los presentes.