hola buen dia.. deberian regresar al padre armin a tizimin el que esta la verdad que .. sincomentarios solo preguntenle a la gente y en paticular a los que cada año venden velas y trabajan para la iglesia saludos
Abofeteada y avergonzada por los escándalos sexuales de años recientes, esta semana la Iglesia Católica de Miami tuvo que poner la otra mejilla. La cachetada fue del padre Alberto Cutié, uno de sus hijos más dilectos y responsable de moldear a su imagen y semejanza la renovada cara de la Iglesia: carismática, moderna y comunicativa.
Tal vez por su popularidad y porque la Iglesia no saldó del todo sus cuentas con la sociedad por el abuso de menores, muchos pasaron factura inundando programas periodísticos para respaldar el desliz amoroso del cura con una mujer en las arenas públicas de Miami; una conducta que quizás no se le hubiera tolerado a otro religioso de más bajo perfil.
Muchos tomaron partido a su favor, acusando al celibato de todos los males sexuales que engendraron los curas desde el Concilio de Trento en 1563. Sin embargo, que éstos se casen o que puedan tener relaciones no resuelve los problemas de las desviaciones ni de la infidelidad, en algunos casos hasta los puede potenciar. Numerosos pastores protestantes casados son la prueba; están acusados de adulterio y sentenciados por delitos sexuales.
Tampoco el matrimonio es la solución a los descarríos amatorios. Hay pederastas y pedófilos entre los que se ven felizmente casados, así como relaciones incestuosas, pornografía infantil y violencia doméstica. En todo caso, la desaparición del celibato, un debate nada nuevo en la Iglesia, más que enderezar perversiones, permitiría aumentar el número de vocaciones (en Estados Unidos hay 40,600 curas, 5,000 menos que en 2000); aunque quizás para la Iglesia sería más urgente resolver la discriminación de las mujeres al sacerdocio.
Lo del padre Alberto no es un tema de celibato, sino de infidelidad. Tenía incluso más responsabilidad que otros sacerdotes, debido a su vida pública y porque le habían delegado la imagen y mercadeo de la Iglesia en los medios. Su conducta tiene el agravante de que la hizo pública y sin tapujos; y pudo tener el atenuante si hubiera pedido a sus superiores excusarse de sus deberes sacerdotales durante las semanas transcurridas desde que fueron obtenidas las fotos en febrero (o desde que empezó la relación) y publicadas en mayo.
El caso de infidelidad a los votos sacerdotales, como el del ex obispo paraguayo Fernando Lugo, no debería generar culpas más que a las personas responsables. No se puede acusar de este incidente ni a la Iglesia ni al celibato ni a los periodistas. A pesar de los excesos, los medios tienen la obligación ética, aun a riesgo de perder simpatías o lectores, de dar a conocer los actos de personas públicas, especialmente cuando se reflejan incoherencias entre lo que se pregona y se practica. De ahí que muchas carreras políticas exitosas y cercanas a la presidencia estadounidense, como los casos de Gary Hart y John Edwards, hayan quedado truncadas por infidelidad marital.
Más allá de las responsabilidades éticas y legales que cada uno tiene ante su profesión, lo que la publicación de los hechos sobre personas públicas permite a la sociedad no es corregir o castigar la promiscuidad, sino sancionar la traición de la confianza depositada y evitar que ese engaño pueda ser reiterado.— R.T.
Con la vara que mides... Una persona espiritual huye de las cámaras y la fama, porque el ego es la antítesis del espíritu. Por lo tanto, nadie que es verdaderamente espiritual lo anda pregonando.
Es obvio que todos somos presas de la superficialidad, e inevitablemente nos dejamos conquistar, algunos menos, otros más, como el padre Alberto Cutié, que ha figurado hasta en la revista Vanity Fair, la biblia de la vanidad.
Por eso no entiendo cuál es el escándalo de que él aparezca acurrucadito con una mujer en unas fotos, o ¿es que alguien, después de haberlo visto hasta en la sopa, sediento de figuración, había creído que él era 100 por ciento humilde? Para ser un sacerdote católico, se le veía con demasiada frecuencia en los sitios fashion, en las veladas exóticas de la aristocracia miamense y en los restaurantes de haute cuisine. Desconozco si parte de su misión era evangelizar ese terreno tan distante de la espiritualidad, o si simplemente Cutié, como casi todos los mortales, no podía esconder su fascinación por las candilejas y la farándula. Cutié no es monseñor Emilio Vallina ni monseñor Agustín Román, dos respetados líderes de la Iglesia católica en el sur de la Florida. Es un personaje público que le ha sabido dar, con entrega y devoción religiosa, ton y son a nuestra comunidad adicta a la belleza física, de la que él está dotado, y al artificial mundo de las celebridades que él bien conoce...
El problema con Cutié es que se erigió en el rostro de la moralidad entre los hispanos católicos, y al exponerse a la vida pública se somete a un escrutinio severo. Además, emitió juicios de valores a diestra y siniestra. Por algo lo dice el refrán: “Con la vara que midas, serás medido”.
En respuesta a la carta de una viuda de 48 años, que pedía consejos sobre su relación con un hombre divorciado, el 14 de octubre del 2007, Cutié le recordó la obligación que tenía de “vivir como Dios manda”, y enfatizó que, “muchas personas, por ser mayores, piensan equivocadamente que las exigencias morales ya no se aplican a ellos —y no es así”.
Muchos se preguntan si él estará pensando ahora en la utilidad de sus consejos o si será capaz de beber de la misma medicina que recetó a otros.