MENSAJE DEL PAPA PABLO VI
PARA LA IX JORNADA
MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES.
Tema: Comunicaciones sociales y reconciliación
Queridos hijos de la Iglesia y todos vosotros, hombres de buena
voluntad:
El Año Santo es el que nos proporciona el tema de nuestro Mensaje
para la Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales: la reconciliación. Sí,
la prensa, la radio, la televisión y el cine deben estar al servicio de la
reconciliación entre los hombres en la tierra, servir para la plena
reconciliación de los cristianos en una unidad siempre más visible y más sólida,
servir para la reconciliación y la elevación hacia Dios.
Esta Jornada anual es un momento privilegiado de oración, de
meditación y de reflexión sobre una realidad que comporta una dimensión
espiritual auténtica, de vital interés para todos: la influencia positiva de
los mass media en la vida individual y social y, al propio tiempo, su
ambigüedad y el peligro de manipulación al que están expuestos. Efectivamente
pueden proteger y estimular los esfuerzos que verdaderamente contribuyen a
liberar al hombre y a orientarle hacia la realización de sus aspiraciones más
profundas; igualmente, pueden también ser utilizados para los caprichos de la
moda y para la curiosidad superficial e incluso servir de apoyo a propósitos de
explotación o de discriminación.
En nuestro Mensaje del 25 de marzo de 1971 pusimos ya de relieve
el servicio a la unidad de los hombres. Este año, insistimos en la primera
condición que, en el campo de las comunicaciones sociales, permite que se vea
favorecido un clima de reconciliación: el respeto a la objetividad de los hechos
y a la autenticidad de la escala de valores a los cuales estos hechos se
refieren. A tal propósito nos complace repetir nuestra estima y nuestro
estímulo, a todos los artífices de estos medios de comunicación social que se
esfuerzan en dar a conocer la verdad y en dar al bien el lugar que merece. Pero
no podemos dejar de expresar nuestras preocupaciones relativas aciertos
peligros.
La objetividad de la información es un aspecto esencial:
corresponde al derecho individual de desarrollar íntegramente la personalidad,
según la verdad, y de poder ejercer sus responsabilidades sociales con
conocimiento de causa. Supone en primer lugar que se describan honestamente los
hechos; el que una descripción se pueda enriquecer con una cierta
"interpretación", se justifica únicamente en la medida en que haga aparecer más
claramente la naturaleza de los hechos, la dimensión real que éstos adquieren en
todo un contexto y su referencia a los valores humanos. No podríamos, en cambio,
aprobar algunas formas de actuar que pretenden ser "neutrales" e
"independientes" cuando, en concreto, lo que muestran son hábiles
manipulaciones, como por ejemplo, el poner de relieve unilateralmente las
depravaciones humanas; la presión sobre la opinión pública para suscitar
aspiraciones insaciables, ilusorias y, por tanto, imposibles de realizar, como
las que obligan a consumir siempre más cosas superfluas; la presentación de
modelos de comportamiento ilusorios o inmorales: el hecho de callar, de
seleccionar o de deformar los acontecimientos más importantes según un plan
ideológico que no respete la libertad del hombre y viole el derecho a la
información; el modo de plantear problemas y provocar dudas poniendo en crisis
certezas éticas indiscutibles; el hecho de considerar como arte lo que es pura
permisividad y como represión los imperativos humanos que corresponden
legítimamente al modo de vivir en sociedad; el hecho de llamar justicia a lo que
es violencia, venganza, represalias...
La objetividad en la elección y presentación de los hechos
requiere, para servir realmente a la reconciliación, un profundo sentido de
responsabilidad, preparación y competencia adecuadas y una verdadera renovación
de las actitudes lamentables que adoptan con demasiada frecuencia algunas
fuentes de información, algunos profesionales de las comunicaciones sociales y
un público de lectores, espectadores y oyentes que se hacen cómplices de ello.
La objetividad de la información
Esto se alcanzará tanto mejor cuanto más se asegure concretamente
en todos los países una pluralidad razonable de vías de información. Los
diferentes medios informativos en lugar de obligar, por así decir, a los
usuarios a atenerse a sus noticias y a sus interpretaciones, deben facilitar un
diálogo abierto y una confrontación leal que permita expresarse libremente a las
personas de más valía y a las ideas más nobles. De otro modo puede llegarse a
una especie de "tiranía" o a un "terrorismo cultural", difuso y casi anónimo
que, paradójicamente, puede encontrar también acogida favorable bajo el pretexto
de que un monopolio así sirve a la promoción personal y social, aunque se violen
las convicciones religiosas, éticas y cívicas.
Pluralidad y libertad
Al expresar estas preocupaciones queremos contribuir positivamente
a que las comunicaciones sociales jueguen precisamente el papel bienhechor del
que son capaces, favoreciendo la reconciliación humana y cristiana. E invitamos
a todos los hijos de la Iglesia a trabajar en esta renovación. De hecho,
deseamos que los artífices de los mass media se sientan llamados a
defender y acrecentar su libertad de expresión, entendiendo esta libertad
fundamentada en la verdad, en el amor a los hermanos y a Dios. Ciertamente no
ignoramos las dificultades con que se encuentran y el valor que se les pide, en
particular cuando se trata de satisfacer a un público de lectores, de oyentes y
de espectadores que no parece preocuparse gran cosa por buscar esta verdad y
este amor. Deseamos, pues, que los hombres de la comunicación social piensen
seriamente en las graves responsabilidades que les incumben, a causa del impacto
ciertamente profundo que ejercen sobre la información y, por lo tanto, sobre las
estructuras de pensamiento y la misma orientación de la vida.
Nuestra llamada se dirige, todavía con mayor insistencia, a los
que disponen de un poder político, social o económico sobre estos agentes de las
comunicaciones sociales: que favorezcan también ellos el progreso de una sana
libertad de información y de expresión. Cuando se ahoga la verdad por intereses
económicos injustos, por la violencia de grupos que pretenden hacer obra de
subversión en la vida civil o por la fuerza organizada en sistema, es el hombre
el que resulta herido: sus justas aspiraciones no pueden ya ser comprendidas, y
mucho menos, satisfechas. Pero, la libertad que se reivindica no puede quedar al
margen de una norma moral intrínseca, que, por otra parte, encuentre protección
en las disposiciones legales; esta libertad debe ser siempre correlativa a los
derechos ajenos y a los imperativos de la vida en sociedad y, consiguientemente,
al deber de respetar la reputación de las personas honestas, el honor de las
funciones de responsabilidad al servicio del bien común, la decencia de las
costumbres públicas. Es, por ejemplo, evidente que la publicidad que pone las
depravaciones humanas en un escaparate o excita los instintos inmorales deshonra
la prensa, corrompe la educación del sentido moral, sobre todo de los jóvenes, y
no debe pretender cubrirse ante la autoridad civil con el derecho a la
información.
La imagen de la Iglesia en la opinión pública
La Iglesia en este campo, como en los demás, no reivindica
privilegios y menos aún monopolios, sino que sencillamente reafirma el derecho y
el deber que todos los hombres tienen de responder a la llamada de Dios y el
derecho que sus hijos tienen de acceder a la utilización de estos instrumentos
de comunicación, en el respeto a los legítimos derechos de los demás. Toda
persona y todo grupo social, ¿acaso no aspiran a estar presentes según la
realidad de su verdadero modo de ser? La Iglesia tiene también derecho a que la
opinión pública conozca su auténtica imagen, su doctrina, sus aspiraciones, su
vida.
Al recordar estas exigencias, esperamos facilitar la
reconciliación entre los hombres, la cual sólo puede tener lugar en un clima de
respeto, de diálogo fraternal, de búsqueda de la verdad, de voluntad de
colaboración. Estamos seguros que esta llamada encontrará eco en muchos hombres
de buena voluntad, fatigados por un condicionamiento opresor que termina por
agravar las tensiones ya de por sí pesantes. Pero a nuestros hermanos e hijos en
la fe les añadimos: trabajad con todas vuestras fuerzas para la reconciliación
en el seno de la Iglesia, como os invitaba nuestra Exhortación Apostólica del
pasado 8 de diciembre. Que los medios de comunicación social, lejos de endurecer
las oposiciones entre cristianos, de acentuar las polarizaciones, de dar fuerza
a los grupos de presión, de alimentar la parcialidad, trabajen para la
comprensión, el respeto, la aceptación de los demás en el amor y el perdón, para
la edificación del único Cuerpo de Cristo en la verdad y la caridad. Fuera de
esto no existe verdadero cristianismo.
Tal es la renovación fundamental que imploramos de Dios en este
Año Santo, para los beneméritos promotores y para los beneficiarios de las
comunicaciones sociales a fin de que, gracias a ellos, la verdadera
reconciliación progrese entre los grupos sociales, entre las naciones, entre los
que creen en Dios y, especialmente, entre los discípulos de Cristo. ¡Y que todos
los que se dedican a esto, reciban la bendición del Dios de la paz!
Vaticano, 19 de abril de 1975.